Trabajadores preparan una instalación artística frente a la Puerta de Brandeburgo en Berlín, Alemania, el 1 de noviembre de 2019, con ocasión del 30 aniversario de la caída del muro de Berlín.

© 2019 AP Photo/Markus Schreiber

Esta semana, Alemania conmemora el 30.º aniversario de la caída del muro de Berlín.

Recuerdo haber visto por televisión las impactantes imágenes de multitudes de alemanes del lado oriental cruzando los puestos de seguridad en la noche del 9 de noviembre de1989. Una década después, me mudé a Berlín y, desde entonces, he sido testigo del crecimiento tanto de la ciudad como del país.

Ha sido una experiencia sumamente enriquecedora pues, más allá de las ceremonias oficiales de rigor, perdura el debate acerca de qué ha significado la reunificación para Alemania, sobre todo para las personas en el lado oriental. Pasada la euforia inicial, para muchos la reunificación fue sinónimo de desempleo y sensación de inseguridad. La canciller Angela Merkel, que pertenecía al lado oriental, señaló el mes pasado: “Todos debemos… aprender a entender por qué para muchas personas en los estados orientales alemanes, la unidad de Alemania no fue una experiencia exclusivamente positiva”.

Bajo la superficie, sigue habiendo susceptibilidades. El partido populista de derecha Alternativa para Alemania (AfD), cuyos líderes suelen adscribir a posturas xenófobas y contra la inmigración, es mucho más fuerte en la Alemania oriental que en otras regiones. El modo en que algunos alemanes de la parte oriental perciben el legado de la reunificación es un factor que explica este apoyo.

Por eso, algo importante que también se celebra es la significancia subyacente de la reunificación, es decir, cómo la unidad posibilitó estos debates políticos también entre las personas del lado oriental. Casi de un momento a otro, 16 millones de personas en la Alemania Oriental comunista que habían pasado 28 años bajo el yugo de un gobierno represivo pasaron a ser libres. Y no solo para viajar. Pasaron a ser libres de decir lo que quisieran y protestar cuando quisieran, sin temor a la vigilancia constante.

De hecho, el fin del estado de vigilancia y la forma en que Alemania ha lidiado con su legado es una de las temáticas de esta semana. En un gesto de rendición de cuentas que concitó admiración más allá de las fronteras del país, luego de 1989 Alemania hizo públicos los archivos de la Stasi, el muy temido servicio de seguridad de Alemania Oriental, y esto ha posibilitado que, hasta el momento, más de 7 millones de sobrevivientes de vigilancia pudieran ver los archivos sobre ellos.

Los debates que tienen lugar esta semana también muestran que en Alemania sigue habiendo numerosos problemas en materia de derechos humanos. En el análisis anual de Human Rights Watch se enumeran los ataques contra migrantes, la xenofobia y el antisemitismo entre las cuestiones más alarmantes. Sin embargo, la unidad implica que los alemanes, con independencia de dónde vivan, durante 30 años se han apoyado en las instituciones estatales y en el Estado de derecho para abordar estos problemas. Este es un logro que bien merece ser celebrado.