Un miembro del College Editors Guild of the Philippines tiene la boca cubierta con cinta adhesiva durante una protesta afuera del palacio presidencial en Manila, Filipinas el 17 de enero de 2018.

© 2018 Reuters

“Enemigo del pueblo”, así describen a los medios de comunicación más del 50 por ciento de los republicanos, según indica una encuesta estadounidense. Dos periodistas están detenidos en Birmania por investigar una masacre, uno de los dos diarios independientes en Hungría cierra, y en Afganistán, nueve periodistas han perdido la vida mientras cubrían un bombardeo. En la conmemoración del Día Mundial de la Libertad de Prensa, vemos este año que la antipatía hacia los periodistas crece en todo el mundo.

Los gobiernos quieren controlar a los medios: sin una inoportuna libertad de prensa, a los funcionarios les resulta más fácil hacer lo que quieren. Pueden alardear de porcentajes de alfabetización de casi el 100 por ciento, derrochar activos nacionales en mansiones en el extranjero, hacer desaparecer por la fuerza a sus oponentes y ocultar brotes de enfermedades infecciosas o datos críticos de salud.

Hay muchas formas de reprimir a los medios y todas fomentan la autocensura. Decenas de países encarcelan a periodistas por motivos dudosos para proteger la seguridad nacional. Turquía es el país que encabeza esta lúgubre liga. Otros usan leyes demasiado confusas para silenciar las críticas, incluido el encarcelamiento de periodistas y blogueros por “difamación”. Esto ha resultado en el confinamiento de un poeta de Birmania después de escribir: “Sobre mi hombría descansa un retrato tatuado del Sr. Presidente”. En muchos países es ilegal insultar a los líderes, ya sea el presidente, el rey, el “padre de la nación” o el ejército. Singapur prohíbe “escandalizar al poder judicial” y Bahréin castiga “ofender a un país extranjero”. Las tácticas burocráticas también incluyen la imposición de regulaciones onerosas a medios incómodos y amenazas de suspender la publicidad gubernamental o limitar la aprobación de licencias. Los países con los controles más estrictos sobre los medios son Corea del Norte y Eritrea, aseguran grupos de libertad de prensa.

Si las estrategias legalistas no funcionan, los gobiernos recurren a las amenazas, la violencia, el encarcelamiento e incluso el asesinato.

Sabemos que los autócratas atacan a los medios pero lo que es especialmente inquietante hoy en día es que los líderes elegidos democráticamente estén haciendo lo mismo. El desprecio expresado por el presidente estadounidense Donald Trump por los medios es tan grave que grupos de libertad de prensa crearon el rastreador US Press Freedom Tracker para monitorear las amenazas legales y físicas que enfrentan los periodistas en el país de la Primera Enmienda, que dice: “El Congreso no hará ninguna ley ... que restrinja la libertad de expresión o de prensa”.

La caracterización de Trump de cualquier noticia que no le gusta como “noticia falsa” ha sido aprovechada y repetida por círculos autoritarios en Siria, Venezuela, Libia, Somalia y otros lugares. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia tiene una página web de “noticias falsas” que denuncia la cobertura extranjera crítica y promueve teorías de la conspiración sobre “los medios occidentales”. Malasia acaba de condenar a la primera persona acusada bajo una nueva ley contra “noticias falsas”.

No es sólo en las zonas de guerra y en las dictaduras donde los periodistas ponen en riesgo su vida para hacer rendir cuentas a los que ocupan el poder. Los medios independientes son fundamentales no sólo para que una democracia funcione bien, sino para cualquier persona que quiera saber si el agua del grifo es segura para que sus hijos la beban, si los veteranos reciben la atención médica adecuada, si las mujeres en su vida sufren acoso sexual en el trabajo o son agredidas sexualmente en el campus universitario, o si la industria ha envenenado la tierra donde vive. Por eso, hoy alcemos nuestra voz en defensa de la libertad de prensa.