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Miles de venezolanos se han mudado a Uruguay, al amparo de una ley de 2014 que permite que los residentes de estados miembros de Mercosur soliciten una residencia temporal por un período de tres años, con requisitos mínimos. Un total de 2.448 venezolanos solicitaron autorización legal para permanecer en el país en 2015 y 2016. En tan solo los primeros cinco meses de 2017, 1617 venezolanos la solicitaron.

En 2014, Venezuela ocupaba el sexto lugar en la lista de países cuyos ciudadanos solicitaban permisos legales para permanecer en Uruguay. En 2017, saltó al primer lugar.

La cantidad de venezolanos que viven en Uruguay es mayor a los datos oficiales, según Manos VeneGuayas, una organización que brinda apoyo a inmigrantes venezolanos recién llegados al Uruguay. Si bien el gobierno uruguayo no cobra por la emisión de las residencias y solamente exige que los venezolanos presenten pasaporte o documento de identidad y un certificado de antecedentes penales, muchos inmigrantes han enfrentado enormes dificultades para obtener la certificación internacional (o apostilla) de los certificados penales, que es otorgada por la Cancillería venezolana. Otros obtienen una residencia legal a través de familiares uruguayos, así que no están incluidos en las estadísticas sobre residencias Mercosur.

A continuación, se presentan las historias de algunos venezolanos que huyeron de la crisis y ahora viven en Montevideo:

Hernán González (seudónimo), de 40 años, salió de Venezuela después de que la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) matara a su hermano, Pablo. Una noche en noviembre pasado, Pablo se encontraba jugando al dominó con amigos en la acera del barrio popular donde vivían cerca de Caracas cuando miembros de la GNB llegaron en un vehículo oficial y se lo llevaron. González que pasó tres horas yendo de un cuartel a otro, preguntando por Pablo, pero en todos le dijeron que su hermano no estaba allí. Esa misma noche, un amigo que estaba acompañando a su esposa a un hospital le dijo a González que había visto a Pablo allí.

En el hospital, miembros de la GNB dijeron a González que Pablo había muerto en un “enfrentamiento”. González dijo que cuando vio el cuerpo, tenía golpes por todas partes y un disparo en el pecho.

González remarcó que, pese a vivir en un barrio violento, “no nos mató la delincuencia para que nos vengan a matar los que supuestamente cuidan a uno”. González, quien durante muchos años había sido un fuerte defensor del chavismo, dijo que, en los últimos años, su familia había comenzado a criticar al gobierno y él había votado a la oposición en las elecciones legislativas de 2015, pero que tenía miedo de hablar públicamente por temor a sufrir represalias.

González, sin embargo, señaló que el asesinato de su hermano no era el principal motivo por el cual decidió mudarse a Uruguay, donde llegó a mediados de mayo. Estaba cansado de pasar horas haciendo colas para comprar alimentos para su familia y pañales para su nieto de dos años. Trabajaba horas conduciendo un camión y el taxi de un amigo, pero debido a la altísima inflación, el dinero nunca era suficiente. Como tantos otros venezolanos, González habitualmente comía una vez por día, rara vez comía proteínas, y alimentaba primero a su nieto porque el niño “no entiende que no hay” comida. González dice que bajó 30 kilos en los ocho meses previos a abandonar Venezuela. Pudo salir del país gracias a un ex jefe que actualmente vive en Uruguay y compró su pasaje de avión. González planea trabajar para enviar dinero a su familia en Venezuela y ahorrar para poder sacarlos del país hasta que “Venezuela vuelva a ser lo mismo”.

Priscilla Verdes, una maestra de 38 años, cruzó Brasil con otras 11 personas en una van, que llamaron “El Arca de Noé”. Partió después de que el director de la institución donde su hijo pensaba estudiar ingeniería mecánica y electrónica le dijo que la mayoría de los estudiantes abandonaba los estudios por la inseguridad. Llevó a la novia embarazada de su hijo, quien no había podido obtener un tratamiento médico adecuado en Venezuela y dio a luz al llegar a Uruguay. 

Esteban Pérez, un periodista de 36 años, decidió cruzar Brasil en autobús con su esposa cuando ya no pudieron afrontar el costo de reparar el vehículo que utilizaban para su empresa familiar de transporte de mercaderías en Venezuela. Desde entonces les resultó incluso más difícil reunir dinero suficiente para alimentar adecuadamente a su familia. Hoy viven en un refugio para inmigrantes y trabajan en la cocina de un restaurante, con la esperanza de ahorrar para sacar a su hijo del país.
 

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