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Ganna Kotelnikova, anestesista, y su familia intentan conseguir una señal a través de la radio de onda media para obtener información sobre la situación dentro de la ciudad el 7 de marzo de 2022 © Ganna Kotelnikova

Treinta y dos civiles que lograron escapar de la asediada ciudad de Mariupol, en el sureste de Ucrania, contaron a Human Rights Watch cómo lucharon por sobrevivir a temperaturas bajo cero mientras las fuerzas rusas atacaban incansablemente la ciudad. Describieron a hombres, mujeres y niños refugiados en sótanos con poco o ningún acceso a agua corriente, electricidad, calefacción, atención médica o servicio de telefonía móvil desde que comenzó el asedio el 2 de marzo de 2022.

Las fuerzas rusas que han bloqueado Mariupol deberían garantizar inmediatamente que a los civiles no se les niegue el acceso a artículos esenciales para su supervivencia, como agua, alimentos y medicamentos, y a quienes decidan abandonar la ciudad deberían facilitarles el paso seguro a las zonas controladas por las fuerzas ucranianas.

“Los residentes de Mariupol han descrito un paisaje infernal helado, plagado de cadáveres y edificios destruidos”, dijo Belkis Wille, investigadora principal de crisis y conflictos de Human Rights Watch. “Y estos son los afortunados que pudieron escapar: atrás han dejado a miles de personas aisladas del mundo en una ciudad asediada”.

El número actual de muertos en Mariupol sigue siendo desconocido. Un asistente del alcalde de la ciudad, Petro Andryushchenko, dijo a Human Rights Watch el 20 de marzo que más de 3.000 civiles podrían haber muerto desde el comienzo de los combates, pero dijo que la cifra exacta no está clara. Las autoridades locales han informado de que al menos el 80 por ciento de los edificios residenciales de la ciudad han sido dañados o destruidos. Human Rights Watch no ha podido verificar estas cifras ni evaluar cuántos de los muertos eran civiles.

Los días 16 y 17 de marzo, Human Rights Watch entrevistó personalmente a 30 residentes de Mariupol en un centro de registro improvisado en Zaporizhzhia, una ciudad a unos 220 kilómetros al noroeste de Mariupol. Estaban entre los varios miles de residentes de Mariupol que huyeron de la ciudad el 15 y 16 de marzo en convoyes organizados personalmente con coches privados, en viajes que duraron entre 24 y 72 horas. Human Rights Watch también entrevistó a una pareja de Zaporizhzhia que esperaba la llegada de sus dos hijos desde Mariupol. Solo el 16 de marzo, al menos 3.200 personas procedentes de Mariupol llegaron a Zaporizhzhia, según dos funcionarios locales que trabajan en el centro de registro. Human Rights Watch habló por teléfono con otros dos residentes de Mariupol que habían logrado escapar de la ciudad.

“Las dos últimas semanas han sido un continuo horror”, dijo a Human Rights Watch un director de escuela de Mariupol. “Nos fuimos porque nuestra ciudad dejó de existir”. Una mujer de 32 años que huyó a Zaporizhzhia con sus tres hijos dijo que, cuando se fueron, su casa en Mariupol estaba tan dañada que parecía un colador, cubierta de agujeros causados por los persistentes ataques. Una mujer de 64 años dijo: “Creo que los que quedan serán asesinados o morirán de hambre. No tenemos ningún lugar al que volver”.

Mariupol es una ciudad costera situada entre dos regiones actualmente bajo el control efectivo de las fuerzas rusas. Desde el 2 de marzo aproximadamente, las fuerzas rusas han rodeado completamente la ciudad y han bloqueado el puerto. En los últimos días han surgido informes de combates en el centro de la ciudad, y muchos de los residentes que huyeron dijeron haber visto soldados rusos y ucranianos y material militar en sus barrios. Andryushchenko dijo a Human Rights Watch que, hasta el 20 de marzo, al menos 200.000 de los más de 400.000 habitantes de la ciudad antes de la guerra permanecían en la ciudad.

Los residentes que escaparon dijeron que hospitales, escuelas, tiendas e innumerables hogares habían sido dañados o destruidos por los bombardeos. Muchos dijeron que sus familiares o vecinos habían sido gravemente heridos y, en algunos casos, habían muerto por los fragmentos metálicos de los explosivos, y que veían cadáveres esparcidos por las carreteras cuando se aventuraban a buscar comida, agua o cobertura para sus teléfonos móviles.

La imposibilidad de comunicarse con familiares, amigos y el mundo exterior supone un desafío especialmente duro para los habitantes de Mariupol. Casi todas las torres de telefonía móvil dejaron de emitir señal el 2 de marzo, y después solo ha habido señales débiles en lugares concretos. Una diseñadora gráfica dijo que todos los días caminaba dos kilómetros y medio en cada sentido hasta una torre de telefonía móvil de Kyivstar para tratar de obtener cobertura y que se agachaba al suelo cada vez que un avión pasaba por encima.

Todos los entrevistados señalaron que la falta de información causada por las interrupciones en las telecomunicaciones y la electricidad hacía muy difícil averiguar cómo evacuar la ciudad de forma segura.

Los entrevistados describieron la permanencia en sótanos durante días en condiciones de hacinamiento e insalubridad, sin poder ducharse y con apenas para comer y beber. Una mujer dijo que permaneció durante dos semanas en un sótano de unos 300 metros cuadrados con al menos 80 personas; un hombre estuvo con 50 personas en un sótano de 50 metros cuadrados; y otro hombre dijo que estuvo con 18 personas en un sótano de 10 metros cuadrados.

Las personas mayores y los discapacitados describieron los problemas adicionales a los que se enfrentaron: al no poder trasladarse a sus sótanos para refugiarse, se sentaron en sus apartamentos con las ventanas reventadas; las paredes vibraban con cada ataque. Un hombre de 82 años que permaneció en su apartamento del sexto piso desde que comenzaron los ataques, dijo que se distraía limpiando los fragmentos de vidrio esparcido por el suelo: “Temblaba mientras las bombas caían. Las paredes se sacudían y tenía miedo de que el edificio se derrumbara. Pero me pasé los días intentando limpiar los trozos de cristal. Solo limpiaba, tenía que ocuparme de algo. No tenía sentido, pero era lo único que podía hacer para mantenerme ocupado”.

El 9 de marzo, las fuerzas rusas atacaron un complejo hospitalario en Mariupol, donde al parecer resultaron heridos al menos 17 civiles, entre ellos personal médico y mujeres embarazadas. Presuntamente, una mujer embarazada murió a causa de sus heridas tras ser trasladada a otro hospital después del ataque. Human Rights Watch verificó y analizó 7 vídeos y 10 fotografías que mostraban las consecuencias del ataque, incluida la destrucción de toda la fachada frontal del hospital infantil, aparentes marcas de fragmentación en la fachada de la sala de maternidad vecina y un gran cráter de impacto de la detonación de una munición lanzada desde el aire en la parte sur del patio. Rusia confirmó más tarde que había atacado el hospital, alegando que las fuerzas ucranianas lo habían estado ocupando y que habían advertido a los civiles que se encontraban en el interior para que lo abandonaran. Human Rights Watch no pudo verificar estas afirmaciones.

El 16 de marzo, un teatro de Mariupol que albergaba al menos a 500 personas fue atacado. En las imágenes por satélite del teatro del 14 de marzo, la palabra rusa “niños” es claramente visible en alfabeto cirílico de gran tamaño en el suelo delante y detrás del teatro. Una madre y su hijo que se refugiaron en el teatro durante dos semanas dijeron que cientos de personas seguían en el teatro cuando salieron a las 9 de la mañana del 16 de marzo, horas antes del ataque. Al parecer, la mayoría de las personas refugiadas en el teatro consiguieron sobrevivir escondidas en el sótano, según las autoridades locales. El Ministerio de Defensa ruso negó haber llevado a cabo el ataque y culpó a las fuerzas respaldadas por el gobierno ucraniano.

Al parecer, las fuerzas rusas y ucranianas acordaron el 4 de marzo los términos de un alto el fuego temporal y la creación de un corredor humanitario para permitir la evacuación segura de los civiles de Mariupol. Al menos siete esfuerzos iniciales para llevar a cabo el acuerdo y facilitar las evacuaciones fracasaron al romperse el alto el fuego.

Según Kirill Timoshenko, jefe adjunto de la oficina del presidente de Ucrania, al menos 9.000 residentes de Mariupol pudieron huir a Zaporizhzhia utilizando un corredor humanitario acordado durante los días anteriores. Sin embargo, el ayudante del alcalde, Andryushchenko, dijo que ese acuerdo solo cubría un corredor entre la ciudad de Berdyansk, controlada por Rusia, a 65 kilómetros al suroeste de Mariupol, y Zaporizhzhia. Dijo que la ruta que sale de Mariupol hacia Berdyansk sigue siendo objeto de intensos combates, y que no se ha ofrecido a los civiles ninguna garantía específica con respecto a un corredor humanitario o un paso seguro para este tramo. 

Las autoridades locales de Mariupol también informaron el 19 de marzo de que las fuerzas rusas habían llevado “entre 4.000 y 4.500 residentes de Mariupol a la fuerza a través de la frontera” hacia el suroeste de Rusia. El Ministerio de Defensa ruso anunció el 20 de marzo que cerca de 60.000 residentes de Mariupol fueron “evacuados a Rusia” en los últimos tres días, y que los residentes de Mariupol tienen una “elección voluntaria” respecto a qué corredor tomar o si permanecer en la ciudad. Human Rights Watch no ha podido verificar estas versiones. Si los residentes de Mariupol han sido trasladados por la fuerza a Rusia, esto podría constituir un crimen de guerra. Según el derecho internacional humanitario, el traslado de un civil, individualmente o en masa, no es voluntario y, por tanto, está prohibido, simplemente porque el civil esté de acuerdo con él. Un traslado puede ser forzoso aún cuando una persona se ofrece voluntariamente porque teme consecuencias como la violencia, la coacción o la detención si se queda, y la potencia ocupante se aprovecha de un entorno coercitivo para realizar el traslado.

Tanto Rusia como Ucrania tienen la obligación de garantizar el acceso de la ayuda humanitaria a los civiles y de tomar todas las medidas posibles para permitir que la población civil pueda ser evacuada de forma segura, si así lo desea, independientemente de que se ponga en marcha un acuerdo para establecer corredores humanitarios. Se prohíbe a Rusia exigir por la fuerza a los civiles, individualmente o en masa, que se trasladen a lugares de Rusia u otros países como Belarús. 

El uso de armas explosivas con efectos de área amplia en zonas pobladas aumenta la preocupación por los ataques ilegales, indiscriminados y desproporcionados. Estas armas tienen un gran radio de destrucción, son intrínsecamente imprecisas o lanzan múltiples municiones al mismo tiempo. Esto incluye el uso de proyectiles de gran calibre no guiados ni observados y de bombas de aviación. El uso de estas armas debe evitarse en zonas residenciales.

La Corte Penal Internacional, la Comisión de Investigación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y otras jurisdicciones pertinentes deberían investigar los posibles crímenes de guerra en Mariupol, con el fin de asegurar la rendición de cuentas de los principales responsables, señaló Human Rights Watch.

“Para aquellos que pudieron escapar de Mariupol, dejando atrás a amigos y familiares, las noticias de las recientes evacuaciones les han dado un poco de esperanza de que sus seres queridos puedan salir con vida de la ciudad”, dijo Wille. “Las fuerzas rusas y ucranianas deberían tomar urgentemente las medidas necesarias para proteger a los civiles que permanecen en Mariupol, y permitir que los que quieran abandonar la ciudad asediada lo hagan en condiciones seguras”.
 

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