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¿Cuándo es que el cerrar los ojos ante el asesinato en masa se convierte en incitación? Filipinas presenta dicha cuestión. Siendo una democracia electoral con una prensa vibrante y con partidos políticos en competencia, el país ha ido más allá de la mayoría de los aspectos de la dictadura de Marcos. Pero por lo menos un legado de ese tiempo oscuro permanece -una voluntad peligrosa de utilizar la ejecución como una herramienta clandestina del gobierno.

Hasta hace poco, las víctimas solían ser miembros de partidos de izquierda y activistas, así como periodistas simpatizantes y miembros del clero. La condena internacional llevó al gobierno a reducir estos asesinatos extrajudiciales, a pesar de que el fracaso de enjuiciar a los perpetradores sigue siendo preocupante. Hoy en día, la atención se vuelca en torno a nuevas categorías de víctimas, en su mayoría pobres y marginados, tales como los presuntos delincuentes de poca monta, narcotraficantes, miembros de pandillas y los niños de la calle.

La capital del escuadrón de la muerte de las Filipinas es la ciudad de Davao, la tercera ciudad más grande de la nación, situada en la isla meridional de Mindanao. Rodrigo Duterte, que ha sido alcalde de la ciudad ya por mucho tiempo, es famoso por proyectar una imagen de dureza contra la delincuencia. Sin embargo, a pesar de su enfoque activo hacia la gobernanza, Duterte muestra ignorancia acerca de los llamados escuadrones de la muerte de Davao, negando incluso su existencia.

Una investigación reciente de Human Rights Watch hizo burla de sus negaciones. Nueve personas del interior describieron la máquina de la muerte. Agentes y ex agentes locales y de policía de Davao seleccionan sus objetivos y equipan a matones locales con pistolas o cuchillos. En una motocicleta sin placas, los miembros del escuadrón de la muerte se dirigen a su víctima a plena luz del día, a menudo en mercados repletos de gente, y sin ningún intento de ocultar sus identidades, matándola a sangre fría. Los asesinos luego se marchan con indiferencia, confiando en que la policía, que había sido advertida del asesinato y, por lo tanto, se ausentó convenientemente, se tomará su tiempo en regresar, y luego, en el mejor de los casos realizará una investigación superficial. Los testigos están demasiado aterrados para identificar a los miembros del escuadrón de la muerte por miedo de convertirse en sus próximas víctimas.

Más de 800 residentes de la ciudad de Davao han sido víctimas de los escuadrones de la muerte de Davao en la última década, y la tendencia se está incrementando: sólo durante el pasado mes de enero 33 personas fueron asesinadas. Además, los escuadrones de la muerte han surgido en otras partes de Mindanao, y más allá.

La respuesta de Duterte ante esta epidemia de asesinatos en esta ciudad ha sido cautelosa. Mientras niega cualquier conexión con los escuadrones de la muerte, anunció el pasado mes de febrero que si eres un criminal “eres un objetivo legítimo de asesinato”. Ningún traductor fue necesario para entender su significado. La presidenta Arroyo, quien en una ocasión designó a Duterte como su consejero en cuestiones de paz y orden, sólo recientemente ha comenzado a confrontar la fea realidad de los escuadrones de la muerte.

Las negaciones de Duterte serían otra cosa si existieran serias dudas sobre la existencia de los escuadrones de la muerte de Davao. La falta de evidencia sobre si Duterte dirige personalmente los asesinatos va más allá del caso. Por el contrario, su negación de las señales indiscutibles hacia los miembros del escuadrón de la muerte y aquellos que lo dirigen, indica que él está dispuesto a encubrir sus actividades asesinas. Los miembros del escuadrón de la muerte no son estúpidos, pueden leer entre líneas. El que Duterte esté parpadeando a la realidad sugiere un consentimiento y un guiño.

Lamentablemente, dado el inadecuado sistema de justicia de Filipinas, muchos filipinos parecen aceptar la necesidad de tal brutalidad para terminar con el problema de la delincuencia en la nación. Pero no sólo es un error el quitarle abruptamente a alguien la vida, sino también es extraordinariamente peligroso.

Contrario a las expectativas, el escuadrón de la muerte de Davao no ha reducido la delincuencia. En la década transcurrida desde que el escuadrón comenzó a operar, la delincuencia en la ciudad de Davao se ha multiplicado diez veces más rápido que la población. Eso no es sorprendente, ya que el desprecio por la ley propicia más anarquía.

Además, una vez que la policía empieza a jugar a Dios, la tentación de ampliar la clase de las víctimas se incrementa enormemente. Hoy, supuestos rufianes de la ciudad; mañana, enemigos políticos o personales. Tal como la América Latina de la década de los 80 puso de manifiesto, el negocio de los escuadrones de la muerte puede consumir un país, creando un entorno en el que nadie está a salvo.

Por lo tanto, es hora de que el gobierno de Filipinas vaya más allá de las negaciones poco convincentes. La presidenta Arroyo dio un primer paso este mes al ordenar a la policía a "llegar hasta el fondo" de los asesinatos extrajudiciales. Su poderoso secretario ejecutivo, Eduardo Ermita, añadió que "la delincuencia es un malestar social que no puede ser subsanado por medio de estas ejecuciones", que él llamó "ilegales" e "inmorales". La prueba será ahora ver si el gobierno de Filipinas toma en serio estas fuertes declaraciones y despliega investigaciones y persecuciones vigorosas hacia los que están detrás de esta plaga asesina.

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