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Armas incendiarias: El costo humano exige una regulación más rigurosa

Se deben corregir vacíos legales para evitar que sigan sufriendo civiles

(Ginebra) – Las horrendas quemaduras y el sufrimiento de por vida que provocan las armas incendiarias exigen que los gobiernos revisen de manera urgente los estándares de los tratados vigentes, señalaron Human Rights Watch y la Clínica Internacional de Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de Harvard en un informe conjunto que se publicó hoy.

El informe de 45 páginas, “‘They Burn Through Everything’: The Human Cost of Incendiary Weapons and the Limits of International Law” [“‘Queman todo’: El Costo humano de las armas incendiarias y los límites del derecho internacional”], precisa las lesiones inmediatas y el daño físico, psicológico y socioeconómico permanente que provocan las armas incendiarias, incluidas aquellas que contienen fósforo blanco, que han usado las partes de conflictos recientes. Los países deben volver a estudiar y reforzar las disposiciones del tratado internacional de regulación de estas armas, que producen quemaduras a las personas e incendian estructuras y bienes de carácter civil, concluyó Human Rights Watch.

“Mientras las víctimas soportan los efectos cruentos de las armas incendiarias, los países siguen deliberando acerca de si incluso deberían celebrarse conversaciones formales sobre estas armas”, apuntó Bonnie Docherty, investigadora sénior sobre armas de Human Rights Watch y directora asociada de conflicto armado y protección civil de la Clínica Internacional de Derechos Humanos. “Los países deben reconocer el padecimiento a largo plazo que soportan las sobrevivientes resolviendo los errores que presenta el derecho internacional vigente”.

Un arma incendiaria cae sobre el poblado de Kafr Hamrah en Alepo, Siria, el 22 de junio de 2016. © 2016 Anas Sabagh/Anadolu Agency/Getty Images

El informe se elaboró a partir de extensas entrevistas con sobrevivientes, testigos, personal médico y de enfermería de campo, especialistas en quemaduras y otros expertos, así como el análisis exhaustivo de publicaciones médicas. Incluye estudios de casos de Afganistán, Gaza y Siria.

Las armas incendiarias provocan quemaduras extremadamente dolorosas, que a veces llegan a los huesos, y pueden causar daño respiratorio, infección, shock y daños en órganos. Con el tiempo, las extensas zonas con cicatrices tensan los tejidos musculares y generan discapacidades físicas. El trauma del ataque, el doloroso tratamiento que lo sigue y el cambio que las cicatrices provocan en el aspecto de las personas generan daños psicológicos y exclusión social.

Las deficiencias de los servicios de atención de la salud que se encuentran disponibles en contextos de conflicto armado exacerban la dificultad de tratar heridas graves, que ya es un proceso complejo. Las discapacidades a largo plazo, el costo de la atención médica y la pérdida de patrimonio asociados con las armas incendiarias tienen graves consecuencias socioeconómicas.

“Las armas incendiarias provocan quemaduras devastadoras y mucho más graves que las escaldaduras y quemaduras comunes”, explicó la Dra. Rola Hallam, que atendió a víctimas de armas incendiarias en Siria. “Causan quemaduras que penetran todo. Si pueden quemar el metal hasta perforarlo, ¿qué posibilidades tiene el cuerpo humano?”.

El Protocolo III al Convenio sobre Ciertas Armas Convencionales (CAC), que se adoptó en 1980, regula las armas incendiarias, que generan calor y fuego por la reacción química de sustancias inflamables. Sin embargo, hay dos lagunas considerables que limitan la eficacia del protocolo. En primer lugar, la definición basada en el diseño excluye a ciertas municiones multipropósito con efectos incendiarios, incluidas aquellas que llevan fósforo blanco. En segundo lugar, las restricciones que impone a las armas incendiarias lanzadas desde tierra son menores que las previstas para los modelos de lanzamiento aéreo.

Los países que son parte en el tratado han manifestado desde hace años su consternación por el uso de armas incendiarias; sin embargo, deberían mantener conversaciones con respecto a la pertinencia del Protocolo III, señalaron Human Rights Watch y la Clínica Internacional de Derechos Humanos de Harvard.

Estaba previsto que la reunión anual de la CAC se desarrollara del 11 al 13 de noviembre de 2020 en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra. No obstante, debido a las nuevas restricciones vinculadas con la pandemia, se informó que el encuentro fue aplazado pocos días antes de la fecha inicialmente programada.

Aunque la ONU todavía no ha definido una nueva fecha para la reunión anual de la CAC, los países deben emplear el período intermedio para conseguir apoyos a medidas contra las armas incendiarias, señalaron Human Rights Watch y la clínica de Harvard.

En los próximos meses, los Estados de la CAC deben acordar que durante la Conferencia de Examen del tratado, celebrada en forma quinquenal y prevista para fines de 2021, se destinará tiempo a evaluar la pertinencia del Protocolo III e iniciar un proceso que permita subsanar las lagunas en ese instrumento.

“Muchos gobiernos han demostrado interés en una evaluación exhaustiva de los límites al Protocolo III”, apuntó Docherty. “El reducido número de países que obstaculizan esta posibilidad debe reconocer la urgencia humanitario de volver a analizar y revisar esta convención que ya quedó obsoleta”.

Estudios de casos

Afganistán

Razia, de 8 años, sufrió graves heridas cuando proyectiles con fósforo blanco lanzados por una parte beligerante no identificada alcanzaron la vivienda de su familia, construida con ladrillos de barro, en una aldea afgana el 14 de marzo de 2009. Aunque recibió tratamiento en un hospital militar estadounidense en la Base Aérea de Bagram, tiene cicatrices permanentes que le provocan un daño físico y psicológico continuo.

“Razia lloraba mucho a causa del dolor”, contó la capitana Christine Collins, enfermera que atendió a Razia en el servicio de trauma de Bagram. “Esto se apoderó de su vida desde una edad tan temprana”. Collins expresó su opinión: “Sobre esta clase de armas, debería haber algún tipo de control. No tengo dudas, tiene que ser así”.

Gaza
El 4 de enero de 2009, tres proyectiles de artillería de 155 mm con fósforo blanco lanzados por fuerzas israelíes durante hostilidades con grupos armados palestinos atravesaron el techo de la vivienda de la familia Abu Halima en el norte de Gaza. El fuego causado por el fósforo blanco mató en el acto a cinco integrantes de la familia e hirió a otros cinco.

 “Todo se quemó”, contó Sabah Abu Halima. “Mi esposo y cuatro de mis hijos se quemaron ante mis propios ojos; mi bebé, mi única niña, se fundió en mis brazos. ¿Cómo es posible que una madre tenga que ver que sus hijos se queman vivos? No pude salvarlos. No pude ayudarlos”.

Siria
Las fuerzas del gobierno sirio arrojaron una bomba incendiaria sobre una escuela en Urum al-Kubra el 26 de agosto de 2013.

“Realmente parecía una escena apocalíptica”, contó la Dra. Rola Hallam, que atendió a las víctimas. “Las ropas les colgaban. Tenían un olor espantoso a carne chamuscada mezclado con un extraño olor a sustancia químico-sintética…. Era muy evidente que tenían quemaduras gravísimas”.

Muhammed Assi sufrió quemaduras en el 85 % del cuerpo, que le dejaron gravísimas cicatrices. “[C]ada vez que salía de casa, volvía 5 o 10 minutos después para evitar cruzarme con alguien en la calle que me preguntara ‘¿Por qué tienes así el cuerpo? ¿A qué se deben esas quemaduras?’”. Agregó: “Lo difícil es que mi sobrino pequeño teme acercarse a mí, y mi otro sobrino que siempre me abrazaba ahora tiene miedo de jugar conmigo”.

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