S. Indra Meenan, ex estudiante de ingeniería en sistemas de 25 años de edad, estuvo en un bote a la deriva por nueve días con otros refugiados de Sri Lanka.

© 2009 Cortesía de Ruth Fremson/The New York Times

(Kakinada, India) - Las horribles narraciones de los refugiados que huyen en barco de los combates en Sri Lanka demuestran el desprecio total por la población civil tanto de las fuerzas tanto del gobierno esrilanqués  como de los Tigres de Liberación de Tamil Eelam (TLTE), señaló hoy Human Rights Watch. La organización instó al Consejo de Seguridad y al Consejo de Derechos Humanos de la ONU a que den prioridad a la situación en Sri Lanka para evitar nuevas pérdidas de vidas civiles.

"El gobierno esrilanqués está haciendo todo lo posible para que estas historias de sufrimiento no lleguen al mundo", señaló Meenakshi Ganguly, investigador principal para Asia de Human Rights Watch. "Estos testimonios deben multiplicarse decenas de miles de veces para poder capturar plenamente el horror de los que siguen atrapados por los Tigres Tamiles y bombardeados por las fuerzas gubernamentales", agregó.

Human Rights Watch entrevistó a un grupo de refugiados esrilanqueses en Andhra Pradesh, India. Los refugiados habían sido rescatados el 29 de abril de 2009 en aguas indias, donde llevaban nueve días a la deriva después de huir del área declarada oficialmente "zona de no combate" en el distrito septentrional de Mullaitivu, de Sri Lanka. Los testimonios de los refugiados son especialmente importantes porque el gobierno esrilanqués lleva tiempo negando el acceso a la zona de conflicto a periodistas y observadores de derechos humanos independientes. Las declaraciones pormenorizadas de los refugiados contradicen las afirmaciones del gobierno de que no está empleando armamento pesado en la zona de no combate.

S. Indra Kumar, taxista de motocicleta, contó a Human Rights Watch que su familia se había dirigido a la región costera de Putumattalan, cuando el gobierno la declaró zona de no combate: "Vivíamos con tanto miedo. Había bombardeos constantes. El 5 y 6 de abril nuestros vecinos fueron heridos por los proyectiles. Un proyectil cayó dentro de un búnker. Diez personas resultaron heridas y cinco de ellas murieron. No había anestesia. Los médicos tuvieron que cortarle la mano a una niña sin anestesia. Mi hija pequeña estaba llorando de miedo. Entonces decidí que teníamos que marcharnos".

Dijo que a veces los bombardeos duraban tanto que la gente no podía salir a usar los retretes: "Siempre que había fuego de artillería, nos metíamos en el búnker. Había fuego pesado y la gente evacuaba dentro del búnker. Yo limpiaba la suciedad con una cubeta y la enterraba en la arena".

Su hermano, S. Indra Meenan, ingeniero en sistemas electrónicos de 25 años, describió los largos períodos de bombardeos: "En el pueblo, todas las casas tenían un búnker. Había cinco o seis personas dentro, a veces durante tres o cuatro horas". Dijo que los Tigres Tamiles a veces disparaban desde zonas cercanas a donde vivían los civiles, lo que les exponía al fuego de represalia. "Huimos [en barco] el 20 de abril porque teníamos miedo. Había tantos bombardeos y fuego de artillería, todos los días, durante al menos tres o cuatro horas. El fuego provenía del ejército esrilanqués", señaló.

Sivadasa Jagdeshwaran, un albañil cuya mujer e hijo de cuatro años murieron en el viaje en barco a India, describió el calvario de su familia: "Al principio, antes de llegar a la zona segura, todavía estaba el hospital del gobierno. Mi esposa acababa de tener un bebé y necesitaba medicina. Pero no había medicina en el hospital. Tuve que esperar un día entero a que llegaran las medicinas".

"El CICR [Comité Internacional de la Cruz Roja] estaba repartiendo tiendas, pero no podían cubrir la demanda. Construimos un refugio con paja de coco. Y cuando llovía o disparaban, corríamos a refugiarnos al búnker. Había carencia de alimentos. Un día, cuando estaba haciendo cola para comida, empezaron a disparar de repente. Salí corriendo, pero luego supe que habían muerto 40 personas". 

Jagdeshwaran describió el intento de enterrar a su padre, que había recibido un impacto de proyectil en la zona segura cuando iba en bicicleta: "Han muerto muchas personas. Siempre que se sabía que había muertos, los buscaban para enterrarlos. Hace dos meses desapareció mi padre. Fui al hospital a buscarlo y encontré su cuerpo. Le faltaba toda la parte de atrás de la cabeza. Sólo le quedaba la cara. Le pedimos al doctor que hiciera algo con su cabeza para poder enterrarlo, pero nos dijeron que debíamos de estar agradecidos con tener un cuerpo que poder enterrar".

Los refugiados describieron las condiciones a lo largo de la franja costera donde se están produciendo los combates. Algunos pudieron utilizar las tiendas suministradas por el CICR, mientras que otros se amontonaron en chozas improvisadas construidas con hojas y ramajes de coco. Tuvieron dificultades para cavar búnkeres en la arena. Algunos de los que tenían barcos los enterraron en la arena para que tuvieran cimientos y crearon un techo de troncos y hojas de coco. Ésta era su única protección de las bombas. También describieron las carencias de alimentos y medicinas. S. Indra Kumar, el taxista de motocicleta, señaló: "El gobierno enviaba algo de grano. Pero si hacían falta 100 kilos, nos enviaban 25 kilos. No había ONG [organizaciones no gubernamentales] ni medicinas en la zona".

Los refugiados narraron en detalle a Human Rights Watch su terrible viaje en barco a India, en el que muchos murieron. El propietario del barco, Mariyada Yesudas; quien perdió a su padre, hermana, sobrino, dos hermanos, tío y al capitán del barco; dijo que pensaron que no tenían más remedio más que salir de la zona segura: "El ejército estaba muy cerca. Los TLTE también estaban muy cerca. Creímos que los combates nos habían alcanzado. Por eso decidimos huir antes de que fuera demasiado tarde... El ejército es muy poderoso y los TLTE estaban retirándose. ¿Cómo podía ser una zona segura para nosotros?"

Estos testimonios demuestran la necesitan urgente de establecer corredores humanitarios seguros para que la población civil pueda huir de los combates. 

S. Indra Meenan, el ingeniero en sistemas electrónicos, dijo: "Salimos por la noche cuando se detuvo el bombardeo. Éramos 21 personas. Nadie vio nuestro barco, ni los TLTE ni el ejército. Nadie intentó detenernos. El conductor del barco dijo  que llevaría suficientes provisiones de alimentos y agua para nosotros".

Dijo que el conductor del barco les había dicho que tardarían nueve horas en llegar a India. Pero se perdieron, el motor dejó de funcionar y se quedaron sin combustible. Permanecieron a la deriva hasta que se quedaron sin alimentos ni agua: "Bebíamos agua salada. Empezaron a morir uno tras otro. Primero murieron los niños. Murió la hija pequeña de mi hermano".

Jagdeshwaran, el albañil, habló con Human Rights Watch del viaje en barco en el que iban también su esposa y sus dos hijos y familiares de su esposa: "Mi hijo murió el 24 de abril, cuatro días después de subir al barco. Tenía cuatro años. No teníamos agua ni comida en el barco. Después murió el padre de mi esposa. Sus dos hermanos saltaron al mar. Mi esposa estaba aturdida, estaba débil y ni siquiera podía moverse. Esa mañana, el 29 de abril, pidió agua. Le dimos agua de mar. Vomitó y falleció poco después".

Su hijo de ocho meses, quien había sido amamantado hasta la muerte de su madre, sobrevivió. Human Rights Watch instó al Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra a que convoque a una sesión especial sobre la situación actual en Sri Lanka. Human Rights Watch reiteró también su llamamiento al Consejo de Seguridad de la ONU para que incluya esta situación en su agenda y cree una comisión para investigar las violaciones del derecho internacional humanitario por ambos bandos en el conflicto de Sri Lanka.

"Mientras el Consejo de Derechos Humanos no ha hecho nada, el Consejo de Seguridad ha evitado repetidamente debatir la situación en Sri Lanka de una manera que permita adoptar siquiera medidas leves", señaló Ganguly. "Dada la gravedad de la situación, ambos organismos de la ONU tienen que aceptar plenamente la dimensión del desastre", agregó.