Mucha gente pensó que nunca vería a Radovan Karadzic comparecer ante el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY). Ni las víctimas de violaciones que entrevisté en Bosnia en 1993, ni los que estaban retenidos en campos de concentración, llegaron siquiera a soñar con ese momento. Pero incluso en medio del conflicto, en circunstancias difíciles, los civiles de la zona reunían laboriosamente detallados testimonios de supervivientes con la esperanza de que algún día hubiese justicia para estos crímenes. Incluso después de que se creara el TPIY y se presentasen cargos contra Karadzic por genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, parecía poco probable que le arrestasen.