Un niño soldado se traslada hacia su base en la provincia de Ituri. Los niños son habitualmente reclutados como soldados en el Congo por todas las partes en conflicto.

© 2003 Marcus Bleasdale/VII

Cuando Aruna era una joven adolescente en Sri Lanka, miembros de los rebeldes Tigres Tamiles acudieron en repetidas ocasiones a su casa para decirle a sus padres que era su deber dar a un hijo "por la causa". Durante la guerra, los Tigres Tamiles habitualmente reclutaban en sus fuerzas a niños incluso de apenas 12 años, a quienes desplegaban en la primera línea de combate contra las fuerzas gubernamentales, y a niñas como Aruna como terroristas suicidas.

Cuando los padres de Aruna se negaron a dejar que se llevaran a su hija, los Tigres Tamiles quemaron su casa. La familia huyó de la zona, pero las amenazas continuaron. Finalmente, Aruna aceptó unirse a ellos. Ella me dijo: "Tuve miedo de que si no iba, se llevarían a mi hermanita". Aruna tenía 15 años.

Aunque parezca increíble, hace apenas una década era legal, de acuerdo al derecho internacional, reclutar a niños tan chicos como Aruna y enviarlos al combate. Eso cambió hace 10 años, cuando el 12 de febrero de 2002 entró en vigor un nuevo tratado de las Naciones Unidas y que fijaba en 18 años la edad mínima para el reclutamiento o participación directa en los conflictos armados.

Miles de niños siguen tomando parte en los conflictos armados. Como investigadora de derechos humanos, he escuchado decenas de historias en países como Sri Lanka, Uganda y Birmania. Pero de lo que se habla menos es del notable progreso realizado para poner fin al uso de niños soldados.

Dos tercios de los países del mundo han firmado el tratado de las Naciones Unidas, lo que provocó un cambio radical en cómo los líderes gubernamentales y militares abordan la utilización de niños soldados. Mientras se negociaba el tratado a finales de la década de 1990, oí a diplomáticos racionalizar la utilización de niños por las fuerzas militares. Estados Unidos también, en un principio, se opuso al tratado. Pero hoy en día prácticamente nadie defiende esta práctica.

En 2001, la Coalición para Acabar con la Utilización de Niños Soldados identificó a más de 30 países donde los niños participaban en los conflictos armados. Hoy en día, hay niños luchando en alrededor de 15 países. En algunos de estos lugares, el uso de niños soldados se detuvo cuando se acabó el conflicto. El fin de las guerras civiles en países como Sierra Leona, Liberia, Nepal y Sri Lanka permitió la desmovilización de decenas de miles de niños soldados.

Pero en otros casos, el esfuerzo internacional ha hecho una diferencia. Cada año, la ONU publica una lista de gobiernos y grupos armados que utilizan a niños soldados. El Consejo de Seguridad de la ONU ha amenazado con sanciones —tales como embargos de armas, congelación de activos y prohibiciones de viaje—en contra de aquellos que se niegan a poner fin a la práctica. Como resultado, 17 gobiernos y grupos armados no estatales en 10 países han firmado acuerdos para detener el reclutamiento de niños y liberar a los menores de sus fuerzas.

Hasta hace unos años, era casi inaudito que un comandante enfrentara en lo individual sanciones por el uso de niños soldados. Hoy, el reclutamiento o el uso de menores de 15 años se considera un crimen de guerra, y los comandantes están siendo individualmente condenados y enviados a prisión. El Tribunal Especial para Sierra Leona condenó a ocho personas por delitos brutales durante la guerra de este país. Todos fueron encontrados culpables de utilizar a niños soldados y están cumpliendo penas de prisión, que van desde 15 a 52 años. Se esperan en breve veredictos en los juicios de Charles Taylor, ex presidente de Liberia, y Thomas Lubanga, líder de una milicia del Congo y quien fue la primera persona sometida a juicio por la Corte Penal Internacional. Ambos están acusados de reclutar y utilizar a niños soldados. Estos juicios adhieren un estigma adicional a los reclutadores de niños: el de criminal de guerra.

Estados Unidos es otro ejemplo de lo lejos que hemos llegado. A finales de la década de 1990, Estados Unidos era uno de los pocos países que se oponían a fijar en el derecho internacional la edad mínima para el combate en 18 años. Las fuerzas armadas de Estados Unidos por mucho tiempo habían desplegado a jóvenes de 17 años de edad como soldados en el campo de batalla y no querían cambiar sus prácticas. Pero la creciente atención al uso generalizado de niños soldados – que incluye el reclutamiento forzoso y la explotación de niños pequeños - convenció a Estados Unidos para que apoyara fuertes estándares internacionales.

Estados Unidos no sólo ratificó el tratado y aumentó a 18 años la edad mínima para el despliegue, sino que el Congreso aprobó también leyes innovadoras para cancelar la ayuda militar estadounidense a otros gobiernos que sigan utilizando a niños soldados en contravención del derecho internacional, así como para procesar o deportar a reclutadores de niños que viajaron a Estados Unidos. El 6 de febrero, se utilizó por primera vez una de estas leyes cuando un juez de Estados Unidos ordenó la deportación de un ex caudillo liberiano que vivía al norte de Nueva York debido a que su grupo utilizó a niños soldados durante la guerra civil de Liberia. Además, el gobierno de Obama está reteniendo $2.7 millones en financiamiento militar extranjero al Gobierno de la República Democrática del Congo hasta que se ponga fin a su reclutamiento y utilización de niños soldados.

Sin duda, estamos lejos de erradicar el problema. Aruna escapó de los Tigres Tamiles y la guerra de Sri Lanka ya terminó. Pero el año pasado las fuerzas de los conflictos provocados por la Primavera Árabe en Yemen y Libia reclutaron a niños. En Afganistán, un aumento alarmante de los atentados suicidas de niños ha involucrado a menores de apenas siete años. Grupos rebeldes como las FARC en Colombia y el Ejército de Resistencia del Señor en el centro de África siguen utilizando a niños con total impunidad y con poca consideración a la presión internacional.

La experiencia de la última década, sin embargo, muestra que los gobiernos y los grupos que siguen utilizando niños soldados son cada vez más considerados como parias, y que la presión estratégica y el nuevo consenso con la legislación internacional pueden proteger a los niños de la guerra. El reto ahora es aprovechar el impulso existente y hacer un mejor uso de las herramientas a la mano —como sanciones, enjuiciamientos y negociaciones de las Naciones Unidas — para persuadir a quienes siguen utilizando a menores de que los niños no tienen cabida en la guerra.

Diez años después de que el tratado de los niños soldado entró en vigor, hay mucho que celebrar, pero aún queda mucho por hacer.