Donde antes estaba el tercer piso

Las calles de La Habana están llenas de basura, señal de una crisis que se ha ido agravando durante años. Los camiones de basura apenas funcionan y cada pocas cuadras vuelve a surgir el hedor, cerca de un parque infantil o debajo de letreros que advierten a los residentes que serán multados por dejar basura allí. 

Por toda la ciudad hay lugares que conservan rastros de las vidas que la gente solía llevar. Un departamento derrumbado. Una tienda cerrada. Una farmacia vacía. La casa donde vivía un vecino, antes de que lo detuvieran y lo encarcelaran por protestar.

“Ahí solía estar el baño”, dice Armando, señalando las vigas de madera a la vista en lo que solía ser el tercer piso de una casa en la que su familia vivió durante generaciones. Armando, quien solía ser artista, alguna vez se ganó la vida vendiendo sus obras junto con carteles de cine de edición limitada.

Las cosas cambiaron tras la pandemia de COVID-19. A medida que disminuyó el número de turistas, también cayó el de personas que visitaban su estudio, y sus ingresos se redujeron progresivamente. Tres años después, su casa se derrumbó tras años de abandono y deterioro.

Y su vida se derrumbó con su casa. Ahora vive en un refugio improvisado, dentro de un antiguo edificio de oficinas. “Ahí no hay baño”, dice. “Uso una bolsa de plástico”. Los desplazamientos tras el derrumbe de edificios son comunes en La Habana. Cerca de ahí, una escuela abandonada ahora sirve de refugio para otras 76 personas.

Según el gobierno, Cuba tenía un déficit de más de 900.000 viviendas en marzo de 2026. En 2019, las cifras del gobierno indicaban que solo en La Habana se tenían que construir más de 43.000 viviendas para las personas que vivían en refugios. Años de condiciones climáticas adversas y desatención han contribuido al deterioro de las viviendas del país. La construcción de viviendas está controlada en gran medida por el Estado en Cuba, y la propiedad privada sigue estando muy restringida.

Infraestructura en decadencia

Estos signos visibles de deterioro forman parte de una erosión económica y de infraestructura más amplia que se ha desarrollado a lo largo de décadas. Una combinación de crisis externas y políticas económicas internas de larga data han llevado a una escasez crónica de bienes y servicios esenciales. 

La economía cubana ha estado sometida a una presión constante desde el fin de los subsidios de la era soviética a principios de la década de 1990, cuando el país perdió su principal fuente de combustible barato y de comercio preferencial. Desde entonces, los servicios públicos se han deteriorado gracias a las ineficiencias estructurales de una economía altamente controlada por el Estado y del prolongado embargo de Estados Unidos, que restringe el financiamiento, el comercio y la inversión. Otros factores, como el endurecimiento de las sanciones de EE. UU. y el colapso del turismo durante la pandemia de COVID-19, no hicieron más que empeorar el acceso a los servicios públicos. 

La crisis entró en una nueva etapa en enero de 2026, cuando Estados Unidos impuso un bloqueo petrolero a Cuba, lo que impidió que países como Venezuela y México—sus principales proveedores—enviaran petróleo a la isla. Dado que Cuba produce menos de un tercio del petróleo que necesita y depende del petróleo para la mayor parte de su consumo energético, el bloqueo agravó la crisis energética del país, lo que intensificó los apagones, la escasez de agua y ralentizó los servicios públicos. Estas interrupciones han afectado casi todos los aspectos de la vida cotidiana.

La recolección de basura es un ejemplo. Si bien la escasez de personal, camiones de basura y contenedores de residuos son problemas de larga data en la capital cubana, la falta de combustible para los camiones ha agravado la situación.

Turnos laborales de 24 horas 

Human Rights Watch viajó a Cuba, habló con decenas de personas en toda La Habana y visitó viviendas derruidas, edificios abandonados que albergan a familias, hospitales, farmacias vacías y tiendas subvencionadas por el Estado. La infraestructura en ruinas, la grave escasez de alimentos y medicamentos, los apagones prolongados y el deterioro de las condiciones de vida han forzado a muchos cubanos a una lucha diaria por sobrevivir.

En algunos barrios, solo hay electricidad durante dos o tres horas al día. “No cuento los apagones, cuento los alumbrones”, dijo una trabajadora de un hospital, a quien le da miedo caminar a casa por las calles oscuras después de su turno laboral. Un panadero que trabaja en una panadería subsidiada por el gobierno dijo que ahora trabaja turnos de 24 horas porque la harina llega en momentos impredecibles debido a la escasez de combustible.

Las calles están constantemente llenas de conversaciones sobre el impacto de los apagones y el agotamiento de la gente por tener que adaptarse a ellos. Muchos encienden las luces antes de acostarse para que, si la luz regresa brevemente en medio de la noche, puedan despertarse a tiempo para cocinar para sus familias. Los médicos describieron lo difícil que les resulta concentrarse en el trabajo después de una noche sin dormir en medio del calor. Una mujer contó que su madre, que tiene más de setenta años, no había salido de su departamento en el piso 11 desde febrero, cuando el elevador dejó de funcionar. 

Sin electricidad, el agua corriente ya no llega a muchos hogares. Algunas familias se quedan despiertas por la noche esperando a que llegue el agua. “Anoche el agua solo llegó a las 4 de la mañana”, dice Yisel, una amiga de Armando. “Pero al menos esta vez llegó, pude ducharme”. Yisel también guarda un poco de agua en cubetas para lavar los platos y limpiar la casa. 

Otras familias reciben agua corriente a intervalos más impredecibles—solo una vez cada 10 o 20 días—lo que les obliga a comprar tanques de agua que a algunos les cuesta mucho pagar. Algunas familias viven en edificios de varios pisos y solo pueden subir a su departamento botellas de tamaño pequeño. 

Estas realidades han convertido la vida cotidiana en un ejercicio de improvisación. La mayoría de los cubanos describen que se despiertan cada mañana buscando vida”. Además de esperar electricidad y agua, muchos pasan los días buscando comida, una fuente de ingresos y medicamentos. Realizan trabajos ocasionales, revenden lo que pueden: cigarrillos, pan, o un lugar en la fila. 

“Un cartón de huevos cuesta casi mi salario mensual”

Yisel explica que los cubanos solían comprar alimentos en tiendas subsidiadas por el gobierno, conocidas como bodegas. Estas han ido quedando cada vez más vacías durante años y el bloqueo petrolero les ha asestado un golpe adicional. Ahora los cubanos compran cada vez más sus alimentos en tiendas privadas, que el gobierno autorizó recientemente. Si bien allí hay una amplia variedad de productos disponibles, son mucho más caros. 

“Hay comida, pero mi problema es ver cuánta puedo poner en la mesa”, explica Yisel, quien trabaja como limpiadora para mantener a sus cuatro hijos. “Un cartón huevos cuesta casi mi salario mensual. Comemos mucho arroz. No recuerdo cuándo fue la última vez que comí carne”. 

Un médico que habló con Human Rights Watch dijo que estaba viendo llegar al hospital a un número cada vez mayor de pacientes desnutridos, y que los profesionales de la salud a menudo intentaban traer su propia comida para donársela a las familias. 

Durante años, ingenieros, maestros, farmacéuticos y técnicos también han asumido trabajos como meseros en restaurantes frecuentados por turistas y cubanos adinerados, lo que les permite ganar en un día lo que habrían ganado en un mes ejerciendo su profesión. Los empleados del gobierno con quienes habló Human Rights Watch ganaban entre 4 y 8 dólares al mes, es decir, el equivalente uno o dos cartones de 30 huevos en una tienda privada. 

Estantes vacíos

El sistema de salud de Cuba, que la revolución promovió como su gran logro, también se ha deteriorado. Según admite el propio gobierno, solo el 30 % de los medicamentos que figuran en su lista nacional de medicamentos esenciales se pueden encontrar en el país.

La mayoría de las farmacias que Human Rights Watch visitó en La Habana estaban casi vacías. Una vendía únicamente tisanas y repelente de insectos. Otra solo tenía orégano y algunas otras especias que estaban ubicadas en estantes que, por lo demás, estaban vacíos.

Si pueden pagarlo, la gente compra sus medicamentos en la calle a personas que revenden productos importados. “Hace poco tuve que llevar mis propios materiales al dentista”, dijo un maestro jubilado. “Bolas de algodón, material de relleno… todo. Algunas personas ahora también llevan regalos. Quizás eso les ayude a recibir un mejor tratamiento”.

Armando estaba tratando de conseguir dinero para comprar un catéter urinario para su tía, que está en el hospital. Allí no tenían uno del tamaño adecuado para ella. 

Human Rights Watch observó instalaciones hospitalarias insalubres y con escasos recursos. En un hospital, los pacientes yacían en una sala de doce camas con un solo baño, oculto únicamente por una cortina de ducha mal colgada. Ese baño, como muchos otros en el edificio, no tiene agua corriente. Los pacientes nos dijeron que traen sus propias sábanas, almohadas y ventiladores. 

Hospitales al límite de su capacidad

La falta de equipo médico en funcionamiento es otro gran desafío en los hospitales. Un hospital pediátrico parecía inquietantemente desprovisto de equipo. Tenía balanzas, un tanque de oxígeno, mesas y escritorios, pero no ecógrafo, ni máquina de rayos X, ni electrocardiógrafo.

“Vivo en una ansiedad constante”, dijo una médica del hospital pediátrico. “Con el temor constante de que, algún día, llegue aquí un niño gravemente enfermo y no podamos ayudarlo porque no contamos con el equipo necesario para hacerlo”. Momentos después, la médica escribió una nota para transferir a un niño enfermo a otro hospital. “No se pueden realizar pruebas, equipo de gasometría roto”, decía la nota.

Una estudiante de medicina del lugar explicó que el número de pacientes en el hospital es bajo porque las familias saben que el hospital no cuenta con el equipo médico adecuado. Solo acuden allí quienes desconocen sus carencias, y rápidamente se frustran cuando los médicos les dicen que no pueden brindar la ayuda necesaria, dijo la estudiante.

Las sanciones de EE. UU. contra el país dificultan que los técnicos encuentren piezas de repuesto para el equipo médico. Un ex técnico de equipo médico, que ahora trabaja como mesero, dijo que esto afectaba la capacidad de los médicos para brindar atención médica adecuada. “La gente no necesariamente muere de inmediato. Pero tal vez su enfermedad no se diagnostique. Tal vez el tratamiento llegue demasiado tarde porque el hospital solo tiene una máquina”, dijo.

La falta de electricidad y combustible de manera regular, agravada por el bloqueo petrolero de EE. UU., también ha contribuido al deterioro de las condiciones en las instalaciones médicas. Si bien los hospitales cuentan con generadores de respaldo, los médicos señalaron que la transición de la red eléctrica al generador durante los apagones puede dañar los equipos médicos.

Al igual que muchas otras personas, los médicos señalaron que el bloqueo petrolero ha restringido gravemente su acceso al combustible, ya que los suministros oficiales requieren meses de espera y se distribuyen en cantidades estrictamente limitadas, mientras que el combustible del mercado negro tiene un precio prohibitivo. Afirmaron que esto dificulta mucho más, tanto para ellos como para los pacientes, el desplazamiento hacia y desde el hospital. 

Muchos profesionales de la salud gastan una parte importante de su salario en transporte, explicaron los médicos. También nos contaron que varios hospitales están operando ahora a capacidad reducida debido a lo difícil que les resulta llegar al trabajo. “No es que lo hagamos por el dinero”, dijo un médico. “Apenas llegamos a fin de mes y estamos muy cansados. Tampoco tenemos electricidad en casa, igual que todos los demás. No dormimos, no tenemos combustible para ir al trabajo y, cuando llegamos, nos enfrentamos a otra serie de carencias”.

El costo de alzar la voz

Por muy desalentadoras que sean sus vidas, los cubanos no tienen libertad para expresar su descontento. El gobierno encarcela a quienes se atreven a hablar. Miles de cubanos salieron a las calles en julio de 2021, y fueron detenidos arbitrariamente, torturadosgolpeados en prisión.

Leonard Richard González Alfonso fue condenado en marzo a siete años de prisión por “propaganda contra el orden constitucional” tras haber pintado variaciones de la frase “¿Hasta cuándo? Nos están matando” en edificios de La Habana. Leonard es una de las cerca de 800 personas encarceladas que las organizaciones cubanas de derechos humanos identifican como presos políticos. Los críticos que no están en la cárcel se enfrentan constantemente a amenazas, vigilancia y acoso.

Armando sabe lo que cuesta alzar la voz. “¿Para qué? Aquí ya tengo hambre. Si hablo, solo terminaré pasando hambre en prisión”, dijo.

“Unas personas que viven a dos cuadras de mí salieron a un cacerolazo”, agregó Yisel. “[La Seguridad del Estado] detuvo a varios de ellos. No sé qué pasó, no los he visto desde entonces”.

“Ya no me queda nada aquí, pero soy cubana”

Tanto la escasez como la represión en Cuba son de larga data. El colapso de la Unión Soviética en la década de 1990 marcó el inicio de una época similar de escasez especialmente difícil conocida como el Período Especial. Muchas personas mayores lo recuerdan, pero dicen que esta vez sus circunstancias se sienten más duras porque han perdido la esperanza de que las cosas mejoren. 

“Vamos a tener que elegir entre dos colonizadores”, dijo Armando. “Ya sean los Estados Unidos o una continuación del régimen cubano, [ambos] son potencias extractivas a las que no les importaremos”.

Y, sin embargo, los residentes siguen encontrando formas de adaptarse. Las familias construyen viviendas improvisadas, inician negocios informales y buscan oportunidades en el extranjero. Los momentos de alegría y solidaridad persisten en medio de las dificultades y el cansancio. 

Yisel señaló lo que solía ser la casa de su amiga, antes de que esta emigrara a Estados Unidos, como miles de otros cubanos en los últimos años. La fachada del edificio se está desmoronando como muchas otras en los alrededores, con la pintura desgastada y la estructura visiblemente deteriorada. A través de una puerta principal ligeramente entreabierta, se ve una escalera estrecha, con el concreto muy astillado. En la calle, los niños juegan, pasándose entre sí un trozo de cemento roto frente a la casa de color azul brillante. 

A pesar de todo, Yisel no quiere irse. “Ya no me queda nada aquí, pero soy cubana”, dice. “No quiero vivir en un nuevo país. Quiero vivir en una mejor versión de este país”. 

 

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