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Rusia

Rusia ha seguido una trayectoria similar. Luego del colapso de la Unión Soviética, en Rusia había demasiado desorden interno como para que jugara un papel significativo en el exterior. Sin embargo, conforme se ha incrementado el valor de sus reservas de gas y petróleo y el presidente Putin ha consolidado el poder neutralizando la mayoría de los otros centros de poder en el país, el Kremlin está flexionando sus músculos. Decidida a reafirmar su dominio dentro de la antigua Unión Soviética, la Rusia de Putin se ha aliado con atrincherados dictadores tales como Islam Karimov de Uzbekistán, Alexander Lukashenko de Bielorrusia y Saparmurat Niazov de Turkmenistán, y mucho ha hecho para socavar a los gobiernos democráticos de Ucrania y Georgia.

Por ejemplo, la víspera del primer aniversario de la masacre de Andizán en Uzbekistán, el presidente Putin demostró su apoyo político al presidente Karimov al invitarlo a su residencia veraniega. Alrededor del mismo tiempo, la cámara baja del Parlamento ruso ratificó un tratado de alianza militar con Uzbekistán. De igual manera, a pesar de su considerable influencia, Rusia no ha levantado un dedo para aliviar la represión en Turkmenistán, aun cuando las víctimas son ciudadanos rusos.

Este comportamiento en el exterior es comparable a la conducta de Putin en su propio país. Él preside las fuerzas militares en Chechenia que continúan utilizando una generalizada tortura y “desapareciendo” a más personas que las fuerzas de seguridad en prácticamente cualquier otra nación. Putin tiene el poder para restringir a sus apoderados chechenios que están detrás de la mayor parte de estos abusos pero, por el contrario, los apoya de manera incondicional y prodiga elogios al líder de éstos. Su Kremlin ha convertido en socios flexibles a la mayoría de los centros de poder—las asambleas representativas Duma, los gobernadores provinciales, los medios electrónicos, la comunidad empresarial. Las organizaciones no gubernamentales, uno de los pocos sectores independientes que quedan en el país, son amenazadas por nuevas regulaciones que propician interferencias y cierres. Atacantes no identificados han asesinado a prominentes periodistas independientes, como Anna Politkovskaia, quien estaba investigando las atrocidades en Chechenia, sin que hay un exitoso enjuiciamiento de los perpetradores.

Al igual que China, Putin ha pagado sólo un pequeño precio por sus alianzas con dictadores. Pocos otros gobiernos mencionan públicamente sus transgresiones. Las ocasionales protestas de éstos apenas se hacen escuchar por encima del servilismo con que buscan negocios energéticos.

Rusia persistirá en su mala conducta si continúa saliéndose con la suya. El gobierno ruso aspira al liderazgo global. Su membresía en el G8 le es importante. Pero las democracias más poderosas del mundo no han insistido en que Rusia se gane su lugar en la mesa. La recompensaron con la presidencia del G8 en julio y le permitieron ser anfitriona de la cumbre del G8 en San Petersburgo sin que hubiera habido ningún cambio positivo en su récord de derechos humanos en su territorio o en el exterior. El deseo de Rusia de ser parte de la Organización Mundial del Comercio, lo cual parecía estar próximo a concretarse cuando este informe iba camino a la imprenta, depende de la disposición a jugar de acuerdo a las reglas económicas mundiales. Pero es incorrecto que el mundo acepte a Rusia como un país cerrado y autoritario siempre y cuando sus mercados estén abiertos. Hacer cambiar a Rusia no será fácil; no obstante, será imposible si nadie siquiera lo intenta y quienes están en posición de pronunciarse continúan guardando silencio.