Cuando llegué al refugio de Tijuana, las mujeres –alrededor de una docena en total— habían terminado de desayunar. Al igual que mucha gente en las ciudades fronterizas de México con Estados Unidos, habían sido deportadas de EE.UU. por no tener la documentación adecuada. Cuando les pregunté si tenían niños que vivían en EE.UU., la mayoría levantó la mano y empezó a llorar. Todas estas madres extrañaban a sus hijos, pero no podían regresar legalmente a sus familias en EE.UU. Repartí unos cuantos kleenex. En estos días, siempre llevo kleenex conmigo.