2. Medio Oriente y norte de África
En los últimos años, en los países ubicados entre la cordillera del Atlas y el Golfo Pérsico han tenido lugar represiones brutales y campañas de “limpieza” contra la sexualidad o la expresión de género “desviadas”. En Egipto, entre 2001 y 2004, la policía arrestó y torturó a cientos o miles de hombres por mantener relaciones sexuales con otros hombres. Desde entonces:
- Egipto comenzó a arrestar de nuevo a hombres a fines de 2007, tras una pausa de tres años, y esta vez con una nueva modalidad: enfocándose a las personas que viven con VIH/SIDA.
- En Marruecos, durante la misma época, la policía acusó falsamente a un grupo de hombres que asistían a una fiesta de escenificar un “matrimonio homosexual”. Miles de islamistas políticos marcharon en protesta contra la “inmoralidad” frente a la casa donde supuestamente habría tenido lugar la ofensiva reunión.
- En Kuwait, durante la misma época, las autoridades hicieron una redada en la que arrestaron a casi una docena de personas transgénero invocando una nueva ley que penaliza a quienes “vistan las ropas del sexo opuesto”.
Se han dado situaciones similares en Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Todas portan las marcas de los pánicos morales: van más allá de limitarse a aplicar la ley y lo que procuran es librar a la sociedad de un enemigo al que le temen profundamente.
Patrones de abuso
Resulta claro que la ley vigente permite las medidas enérgicas mencionadas. Todos los países de la región penalizan la conducta homosexual entre hombres (y algunos también entre mujeres) – salvo Israel y, en la actualidad, Irak (donde rápidamente se están acumulando evidencias de que algunas milicias estarían torturando y asesinando a hombres y mujeres disidentes sexuales).
Algunas personas ajenas a la región agrupan a todas estas leyes como simplemente productos del islamismo. Pero esto no es cierto. Es verdad que las cuatro escuelas sunitas de la shari’a, así como la jurisprudencia chií, imponen penas que llegan hasta la muerte para la conducta homosexual en determinadas circunstancias. Arabia Saudita aplica una versión particularmente estricta de estas leyes, y la codificación de la shari’a en el Código Penal de Irán es también muy rígida. Pero en la mayoría de estos países no es la shari’a lo que está en juego. Egipto, Marruecos, Argelia, Jordán, Líbano penalizan el sexo homosexual con multas y penas de prisión basándose en leyes laicas, que en su mayoría tienen origen colonial. Los islamistas pueden marchar en Marruecos exigiendo más rigor, pero la ley que buscan aplicar no es, por su origen, una ley islámica.
Los regímenes laicos y autoritarios – que se enfrentan a las exigencias de democratización de los movimientos izquierdistas así como de los disidentes islámicos – parecen igual de propensos a reprimir duramente la disidencia sexual, o incluso más. (Denuncias provenientes de Arabia Saudita hablan de arrestos esporádicos, en gran escala, de hombres que tienen sexo con hombres, pero resultan insuficientes para deducir la presencia de un patrón. En Irán hombres, mujeres y personas transgénero son arrestad*s y torturad*s en forma regular, bajo sospecha de prácticas sexuales con personas de su mismo sexo, pero no hay indicios reales de que estos arrestos o las ejecuciones se hayan incrementado en los últimos años).
Si en lugar de analizar los casos que involucran a varones y que han alcanzado una gran publicidad, escuchamos a las lesbianas y a las mujeres bisexuales, la perspectiva que emerge es diferente.
Una organización de lesbianas palestinas dice: “Trabajamos con mujeres y los temas básicos son el cuerpo, la circulación, no tener la libertad de salir de la casa”. Ellas se enfrentan – como dice una activista del Líbano – a un régimen sutil y permanente de “violaciones a los derechos de las mujeres sobre sus cuerpos y sus elecciones”.
En otras palabras, ellas se enfrentan a un complejo sistema cultural que controla los cuerpos y las sexualidades de las personas, y en el que también están implicados el derecho, la tradición, la economía y la familia. Esto significa que las medidas represivas pueden estar ligadas a temores frente al cambio o a la ruptura de las normas que rigen el género y la sexualidad. Las mujeres que desafían esas normas y los hombres que escapan de ellas corren el mismo riesgo. Vale la pena recordar que la ley bajo la cual se juzga a los hombres egipcios por mantener relaciones sexuales con otros hombres fue originalmente una ley dirigida a las mujeres que ejercían la prostitución.
Por eso tanto la cultura como la política, la vida cotidiana tanto como la ley, son temas igualmente importantes. Una lesbiana iraní que abrió un sitio en Internet para otras mujeres dice: “¿Cuáles son las cosas más importantes que necesitan las lesbianas? Un lugar donde sentirse a salvo, donde conocer a otras mujeres, poder comunicarse con ellas. Los principales problemas son la familia y la cultura”. Pero agrega: “Más allá de eso está la ley. Si una logra aportarle conocimiento a su familia y hacer que la acepten, aun así se tiene que preocupar por la ley y por su vida, por lo que sucederá si la comunidad en general descubre que una es lesbiana. No hay respiro: cuando una cree que ya está a salvo en su casa, todavía cabe la posibilidad de que salga a la calle y la detengan”.
Desafíos y oportunidades
En la mayor parte de la región, la sociedad civil está siendo objeto de duros ataques. Si bien desde la década de los 90 hasta los países más restrictivos han permitido que un grupo selecto de ONG opere con libertad restringida, los límites que se les imponen son muy estrictos. Las organizaciones de derechos humanos sufren especialmente el hostigamiento, las restricciones burocráticas, la vigilancia y los arrestos de sus integrantes. Los gobiernos se apresuran a utilizar cualquier pretexto para desacreditarlas ante el público, lo que hace que abordar temas que causan divisiones o dificultades les resulte doblemente riesgoso. Las restricciones legales, sumadas a la falta de recursos, hacen que hasta a las ONG solidarias les sea difícil investigar abusos que están ocultos tras el estigma o el secreto; la mayoría simplemente no tiene cómo recoger información acerca de ellos.
El uso de Internet ha florecido en la región. También ha desempeñado un rol vital para la construcción de una identidad y una comunidad gay y (en menor medida) lesbiana y transgénero. La ventaja es que permite que personas que nunca se hubieran atrevido a comunicarse entre sí, o que carecían de una vía para hacerlo, ahora puedan. Pero la mayor parte de esas comunicaciones son anónimas, impersonales y marcadas por la desconfianza. Dado que muchos de los sitios que estas comunidades utilizan para encontrarse y hacer vida social son gays occidentales (a pesar de que existe una activa comunidad blogger en Irán y en Egipto), la gente expresa su identidad y su comunidad en términos casi completamente prestados, o en una especie de bricolaje. El acceso a Internet continúa siendo costoso. La dependencia del ciberespacio acentúa las divisiones económicas.
La mayoría de los gobiernos censuran la Internet, tal como censuran otras fuentes informativas. Casi todo lo que tenga que ver con la sexualidad cae bajo el sello de la pornografía. Irán, Arabia Saudita y otros países intentan bloquear la mayoría de los sitios gays. En Irán y (masivamente) en Egipto, autoridades estatales han aprovechado el anonimato que ofrece el ciberespacio para tender trampas a hombres a los que luego someten a violencia.
Estos ejemplos confirman que los derechos sexuales (como todos los derechos humanos) no pueden existir en esta región sin un progreso hacia la democracia, que implicará recortar los poderes de la policía, establecer el Estado de derecho, terminar con la censura, y liberar a la sociedad civil. A pesar de que hubo señales esperanzadoras en algunos países a comienzos de esta década, esos avances – en su mayoría- se han estancado. Por ejemplo en Egipto, el gobierno se abocó con empeño a dividir al movimiento por la democracia, mientras los EE.UU. permanecieron pasivos temerosos frente al islamismo. Desde 2001 la política estadounidense ha sido hablar de libertad mientras que en la práctica, con demasiada frecuencia, daña o desacredita a fuerzas democráticas.
Los movimientos populares islamistas no han llegado al poder en ningún país de la región salvo Irán. Este hecho le confiere al fundamentalismo un prestigio disidente, y en países como Egipto y Marruecos amenaza con monopolizar la política opositora. L*s combativ*s activistas por los derechos sexuales obviamente temen que las aperturas democráticas lleven al islamismo político a ocupar el poder. En algunos lugares, especialmente en Egipto, activistas laic*s que trabajan por los derechos humanos han logrado forjar alianzas oportunas con islamistas en temas claves como las detenciones arbitrarias y la tortura. No resulta claro si estas alianzas – que por el momento son necesarias – han logrado generar entre los activistas islamistas una disposición a integrar los principios de derechos humanos a sus creencias.
En el largo plazo, es necesario recordar que buena parte del islamismo político moderno ha sido, paradójicamente, una fuerza democratizadora al interior de la fe, un movimiento popular que hizo temblar el poder de los jueces y los eruditos. No existe ninguna razón intrínseca – aunque puede haber fuertes razones sociológicas – que impida que una iniciativa populista islámica de esa clase pueda apoyar tendencias democráticas no sólo en lo teológico sino también en lo político.
Algunas organizaciones – en Europa, Sudáfrica, Indonesia- ya están explorando las posibilidades que existen para esa clase de apoyo.
En esta región, el VIH/SIDA ha sido grandemente invisible y poco registrado. Sin embargo, en el Magreb, los HSH han logrado organizarse y hacer difusión dentro de los parámetros de la prevención del SIDA. A pesar de la falta de acción por parte del gobierno, la conciencia acerca del SIDA y el pensamiento informado acerca de la sexualidad van en aumento entre la juventud. Varios actores famosos de Egipto se manifestaron en contra de la represión de los hombres VIH-positivos en 2008.
La profesión médica continúa dominada por mitos europeos del siglo XIX acerca de la sexualidad. En Egipto, Irán, los EAU y otros países, los médicos realizan exámenes forenses anales que equivalen a tortura para “demostrar” la homosexualidad de los sospechosos. Hay una necesidad urgente de programas de formación para médicos/as de casi todas las especialidades en enfoques sobre la sexualidad y el género. En algunos países, los médicos y los legisladores han sumado esfuerzos en un enfoque relativamente liberal de la transgeneridad: Irán y Egipto permiten las cirugías de reasignación de género y el cambio en los documentos de identidad desde hace casi 20 años. Sin embargo, en ambos países la policía arresta y tortura a personas transgénero, incluyendo a las que tienen certificados médicos.
Es muy poca la información acerca de la sexualidad – o de las violaciones a derechos relacionadas con ella – que logra atravesar las fronteras de la región. Lo que llega a la prensa occidental se basa, en su mayoría, en anécdotas o relatos de viajeros. Las informaciones erróneas pueden circular rápido y l*s activistas de la región que trabajan en la clandestinidad ejercen poco control sobre lo que se dice o se hace en su nombre en el exterior. Un* activista comenta que el “creciente interés que muestra Occidente en el movimiento LGBT árabe resultó al principio una molestia” pero agrega que “l*s activistas locales necesitamos encontrar formas de encausarlo, de transformarlo en algo positivo”.
¿Qué están haciendo los movimientos?
En algunos lugares, como Egipto y Marruecos, los temas de orientación sexual e identidad de género han comenzado a formar parte de las agendas de algunos movimientos tradicionales de derechos humanos. Ahora –a diferencia de años anteriores- hay abogad*s para defender a las personas que son arrestadas y voces que hablan en su defensa ante la prensa.
Estos avances fundamentales no se lograron mediante políticas de identidad que – en la mayor parte del Medio Oriente- fracasan de manera desastrosa como forma de reivindicar derechos. La insistencia de algunos activistas LGBT occidentales por sacar a la luz y alentar políticas “gays” en la región podría resultar muy contraproducente. Por el contrario, la incorporación mencionada se logró en buena medida presentando la situación de las personas LGBT (o identificadas de otra manera) en términos de violaciones y protecciones a los derechos, un lenguaje que los movimientos de derechos humanos comprenden bien. Para ello fue necesario hablar de personas que habían sido torturadas, arrestadas en forma arbitraria, o cuya intimidad había sido violada, y no de personas “gays” en procura de formar una comunidad o ser tratadas de manera igualitaria. Hablar de derechos más que de identidades, y conseguir el apoyo de los movimientos tradicionales de derechos humanos (por más vulnerables que estos sean) es la vía que parece más probable para lograr avances en materia de protecciones en el futuro cercano.
No existen muchas esperanzas de que algún país vaya a aligerar las condenas legales mediante la acción legislativa. En los casos donde las legislaturas han intervenido (como sucedió en Kuwait con el nuevo código de vestimenta) lo han hecho empujados por el pánico moral y han empeorado la situación. En algunos países – como Egipto- existen posibilidades limitadas de reinterpretar las disposiciones legales en vigencia a través del litigio estratégico.
La ley religiosa no es la que rige en la mayoría de los Estados, pero igualmente afecta a la ley laica e influye sobre ella, y sobre la forma en que se aplica. Es necesario explorar qué posibilidades existen en relación a las protecciones que brinda la shari’a. El castigo severo que impone la shari’a para los delitos sexuales se combina con exigencias extremadamente elevadas para probar esos delitos. Si estas últimas se ponen en práctica, pueden constituir salvaguardas para la intimidad personal frente a la vigilancia ejercida por el Estado.[10] En Irán, un ayatollah liberal ha recomendado la adhesión estricta a esos estándares como forma de eliminar de manera efectiva las ejecuciones en casos de sodomía o adulterio.
Para poder ofrecer el servicio de defensa legal en los lugares donde resulta posible hacerlo, hace falta identificar y capacitar a abogadas/os que estén dispuestas/os a tomar esos casos. Reformar las actitudes del sistema médico implica trabajar con grupos profesionales conservadores que suelen estar dominados por la Hermandad Musulmana. Estas dos tareas exigen enfoques creativos, tanto desde dentro de la región como desde fuera de ella.
Algun*s activistas están imaginando nuevos caminos para la visibilidad política. En el Magreb, un grupo describió su plan para hacer que sus integrantes escriban en las boletas electorales “Voto como ciudadano gay”. También esperan, en última instancia, poder presentar un petitorio contra la ley de sodomía vigente en el país, pero agregan que necesitarían que una ONG nacional o internacional llevara adelante esa tarea en su nombre. “Es necesario decir que dado que nuestra organización tiene que permanecer en secreto, las modalidades de presión que podemos ejercer son muy limitadas, ya que sobre nosotros pende la amenaza de la cárcel, la desaparición o la muerte”.
En unos pocos lugares, activistas valientes han logrado abrir verdaderos espacios sociales para las comunidades LGBT. Líbano, que cuenta con un centro LGBT en funcionamiento en el que se realizan debates públicos y eventos culturales, es el principal ejemplo. También en este caso cultivar alianzas con otros movimientos de derechos humanos fue un elemento clave para el éxito. El rol activo que desempeñó el principal grupo LGBT del país en la asistencia a las víctimas durante la guerra de 2006 le dio una credibilidad invaluable en medio de una situación política en deterioro.
Si bien puede resultar necesario separar las reivindicaciones de derechos de la identidad, también existe una desesperada necesidad de formar comunidades. La gente joven se ve particularmente afectada por la explotación y la desesperanza. Al analizar los archivos de las oleadas represivas que se registraron en Egipto de 2001 al 2004, el cuadro que surge es lúgubre: la mayoría de los que fueron arrestados y torturados fueron menores de 25 años. Al llegar a la madurez sexual, no encontraron ninguna comunidad que los alertara acerca de los peligros sociales y políticos, ni tampoco quiénes pudieran protegerlos de la policía.
“Necesitamos información”, expresa la fundadora de un sitio de Internet para lesbianas iraníes. “Traducimos el 60 ó 70% de lo que subimos a la red, y el resto lo escribimos nosotras, a partir de nuestras propias experiencias. A las mujeres les proporcionamos el conocimiento básico de que no están enfermas, y lo hacemos traduciendo toda esa información y colocándola en un mismo lugar”.
Ella también dice: “Creemos que debemos apuntar a la familia y no al gobierno. Contra el gobierno no podemos luchar, ni tampoco es posible que un gobierno extranjero pueda cambiar al iraní. No creo que se pueda luchar en forma directa contra una sociedad homofóbica. Cada quien debería combatir la homofobia en su interior”.
Inclusive para pasar del ciberespacio al contacto personal se requiere de tiempo y de valentía. “Para nosotras no es importante aparecer en la prensa iraní”, dice la activista. “Por el contrario; por ahora, podemos encontrar oportunidades de hablar en forma privada con periodistas acerca de sus actitudes frente a estos temas”. Son much*s l*s activistas que están programando esta clase de proyectos de difusión en pequeña escala. Una lesbiana palestina reflexiona: “Cuando comencemos a dar charlas sobre homosexualidad en las escuelas habremos alcanzado un buen logro”. Y agrega, “Eso nos puede llevar unos cinco años”.
[10] Ver Khaled el-Rouayheb, Before Homosexuality in the Arab-Islamic World, 1500-1800 (Chicago: University of Chicago, 2005), p. 118-151.






