1. África subsahariana
En 1996 Sudáfrica adoptó famosamente la primera constitución del mundo que incluyó expresamente la protección contra la discriminación basada en la orientación sexual. En 2005, una larga serie de logros legales culminó en la extensión de los derechos matrimoniales a las parejas formadas por personas del mismo sexo por parte del Tribunal Constitucional. Sudáfrica fue el quinto país del mundo en reconocer esos derechos.[3]
Meses más tarde, el presidente de Nigeria introdujo un proyecto de ley – pensado como respuesta explícita a la “amenaza” sudafricana- que prohibía no solamente el matrimonio entre personas del mismo sexo sino toda clase de gestión, defensa o apoyo público a los derechos de las personas LGBT. Hasta tomarse de las manos en público podía implicar cinco años de cárcel.[4]
No existe una explicación simple para este contraste entre diferentes países africanos. Tiene que ver con la política interna y con resentimientos regionales que van más allá de la cuestión de la sexualidad.
Las paradojas que exhibe la región se vieron todavía más acentuadas en 2006-7, cuando una serie de asesinatos brutales de lesbianas negras conmovió a la propia Sudáfrica. Las protecciones legales que enorgullecían a much*s en el país resultaron inútiles para detener esa violencia letal o para abordar sus causas.
Patrones de abuso
L*s activistas African*s mencionan los mismos abusos en un país tras otro. En Burundi, un activista enumeró:
- Violencia y extorsión por parte de la policía y de otros actores;
- Mensajes negativos difundidos por líderes religiosos;
- Exclusión de las escuelas debido a la orientación sexual
Una y otra vez, los grupos hablan de la expulsión del hogar y la pérdida de los lazos familiares: “A much*s [personas LGBT] las expulsan de sus casas ... la violencia familiar es el problema principal”, afirmó un grupo que trabaja por los derechos sexuales en Nigeria.
La familia, la religión, la escuela y la policía: Estas cuatro instituciones son elementos fundamentales para la protección socialen un continente donde no existen redes de seguridad o las que existen están muy debilitadas por las políticas económicas implementadas en las últimas dos décadas. Las personas LGBT se ven amenazadas en las cuatro instituciones. En África, quienes son estigmatizad*s por su orientación sexual o su identidad de género corren el riesgo de perder prácticamente todos los espacios que puedan brindarles protección, apoyo o sensación de pertenencia.
En la amplia mayoría de países africanos, leyes de la era colonial todavía criminalizan la conducta homosexual (masculina y a menudo también femenina). La mayoría de los grupos carecen de los recursos necesarios para documentar cómo se aplican estas leyes, o para brindar apoyo jurídico. En algunos países, como Camerún, arrestos masivos de hombres y mujeres que contaron con enorme publicidad han causado pánico en la comunidad en estos últimos años.
Estas leyes condenan públicamente a toda una categoría de personas. En el ámbito privado, promueven la extorsión endémica por parte de las autoridades y de individuos que explotan el estigma y el miedo. Otras leyes menos explícitas, pero también mayoritariamente originadas en la colonia, imponen códigos de vestimenta o le dan plenos poderes a la policía para arrestar y hostigar a las personas.
La censura impide que los medios hablen de sexualidad y de género. Por ejemplo, en Uganda a una estación de radio le impusieron un multa sustancial por invitar a activistas LGBT a un programa de la emisora. Muchas organizaciones LGBT no pueden registrarse legalmente ni actuar en forma abierta.
“La discriminación en los servicios de salud y el maltrato por parte de los médicos” son algo omnipresente, según un grupo en Togo. Una organización nigeriana comenta: “Actualmente el sistema [de salud] no tiene ninguna disposición para las personas LGBT; no existe información exacta ni apropiada sobre la salud de las personas LGBT”. Inclusive en Sudáfrica, un grupo de apoyo para jóvenes cuya sede se encuentra en una township[5]dice que la mayoría de sus usuari*s “no acuden a los servicios de atención a la salud porque los discriminan al llegar”.
Hay un hecho que es crucial: la posibilidad de reacción que está siempre en el aire. Prácticamente siempre que por primera vez un* activista LGBT alcanzó visibilidad pública en un país ubicado entre el (río) Limpopo y el Sahara, el gobierno respondió tomando medidas enérgicas contra el sector. Esto ocurrió:
- cuando gays y lesbianas de Zimbabue se atrevieron a presentarse en una feria de libros en 1995;
- cuando un hombre gay salió en una entrevista de un periódico en Zambia en 1998;
- cuando una demostración pequeña durante la Conferencia de SIDA realizada en 2005 en Abuja exhortó a los gobiernos africanos a tomar en serio la problemática de salud, social y de derechos de los hombres que tienen sexo con hombres (HSH). (El gobierno de Nigeria utilizó esa demostración para justificar su proyecto de ley represivo.)
Casi cualquier acción que emprendan los grupos LGBT – desde alquilar un apartamento hasta dar una conferencia de prensa- puede desatar un pánico moral violento para el que se alían los medios, las figuras religiosas y el gobierno. Valientemente, l*s activistas LGBT en África continúan reivindicando sus derechos. Pero sus aliad*s en el continente y fuera de él deben asegurarse de no estar alentando ninguna acción sin evaluar antes sus riesgos, y:
- reconocer la situación de extremo peligro en que operan l*s activistas African*s
- prepararl*s para que se protejan de la probable reacción que produzca cualquier publicidad de su causa;
- garantizar que tengan herramientas políticas para responder a una reacción que puede llegar a ser violenta.
Desafíos y oportunidades
La homofobia alentada por el Estado se ha convertido en un rasgo político definitorio de muchos países africanos. Podría decirse que tiene sus raíces en el período colonial, cuando los gobernantes europeos importaron los estándares morales victorianos junto con los códigos legales que contenían sanciones penales para la conducta homosexual.[6] Sin embargo, en la década de los 90, los líderes comenzaron a descubrir las ventajas políticas de promover la homofobia. Robert Mugabe, en Zimbabue, dedicó discursos enteros a condenar a los homosexuales a quienes consideró “peores que los perros y los cerdos”. En Namibia, Zambia y Botsuana, otros políticos retomaron el mismo tema. En este momento en Uganda, funcionarios del gobierno amenazan constantemente a los grupos LGBT; y en 2008 en Gambia el presidente juró “cortar las cabezas” de los homosexuales.
Zackie Achmat, activista sudafricano de la lucha contra el SIDA y por los derechos humanos, ofreció una explicación acerca de cómo comenzó esta homofobia alentada por el Estado. “Muchos políticos africanos” – dijo Achmat en 1998- “quieren culpar a Occidente por todo, incluyendo la homosexualidad”:
Y tienen razón: Occidente es responsable de su retórica, pero de una forma diferente a como ellos lo presentan. Occidente, el FMI, el Banco Mundial, les imponen planes de ajuste estructural a estos países. Y esos planes los dejan devastados, muertos de hambre. La comida resulta inaccesible, no hay atención a la salud, se esfuma la educación, las oportunidades, las pensiones. Y, con toda razón, los pueblos se enfurecen... Entonces estos gobiernos ocupan una posición precaria y están aterrados. La gente se levanta contra ellos y nadie los apoya. Su única esperanza real es que la gente se muera de SIDA o de hambre antes de que se enfurezca lo bastante como para rebelarse. Y luego, ¿qué descubren? Que cuando dicen “homosexual” hay dos grupos que vienen corriendo a apoyarlos: las iglesias cristianas y los tradicionalistas africanos, dos grupos que por lo general ni siquiera se dirigen la palabra pero que en este caso corren a apoyar al gobierno. De repente se encuentran con apoyo. Es una palabra mágica.[7]
En la mayoría de los países, los fundamentalistas religiosos imitaron, en lugar de liderar, la explotación de la homofobia. Pero lo hicieron con gran ímpetu. En el sur de África los movimientos evangélicos conservadores están floreciendo, y cuentan con un apoyo considerable de sus pares en América del Norte. Por ejemplo en 2009 el pastor anti-gay estadounidense Scott Lively hizo campaña en Uganda por nuevas leyes contra la conducta homosexual, mientras, según informes, afirmaba que “es bueno para el gobierno de Uganda penalizar la homosexualidad pero el gobierno debería someter a los que hayan incurrido en delito homosexual a terapia en lugar de encarcelarlos.”[8] Las denominaciones más antiguas están a la defensiva y algunas compiten para mostrar sus credenciales tradicionalistas. La sexualidad es más que nunca la zona de batalla en la que las fuerzas religiosas luchan por el poder social y político. La amenaza del arzobispo nigeriano Peter Akinola (un gran defensor del proyecto de ley de 2006) de dividir la iglesia anglicana al oponerse a que ésta aceptara a los gays y las lesbianas es apenas uno de los síntomas.
La “cultura” – un campo supuestamente monolítico de valores que hacen a la civilización- se convierte en la zona en la que se combinan los discursos políticos y la intolerancia religiosa. Toda disidencia sexual o de género se presenta como “no africana” y a quienes la encarnan se les expulsa – simbólicamente y en los hechos- de la comunidad. La apelación a la cultura trae consigo la violencia. Una activista por los derechos sexuales en Nigeria dice que desde que se presentó el proyecto de ley en 2006, “Hemos observado que el hostigamiento, los arrestos, la explotación, la burla, la extorsión a las minorías sexuales, y las violaciones se han vuelto una constante”.
El VIH/SIDA coloca a las comunidades LGBT frente a una paradoja. Algunas voces las culpan por el contagio; otras, incluyendo a algunas figuras políticas clave, se niegan a admitir que las personas LGBT son vulnerables a una epidemia que se presenta como si fuera mayormente heterosexual. Muchas veces los grupos LGBT son excluidos de los debates políticos o del financiamiento para el VIH. Un grupo que trabaja con HSH en Kenia dice que las instituciones “ponen como excusa que no quieren asociarse con organizaciones cuyas actividades van en contra de la ley”. Al mismo tiempo, los programas de “abstinencia hasta el matrimonio” financiados por EE. UU. canalizan fondos a los grupos homofóbicos y contribuyen a que persista el silencio en torno a las sexualidades de las personas que legalmente no pueden casarse con las parejas que han elegido.[9]
Sudáfrica continúa siendo un caso especial. Sus leyes y políticas, que son únicas en cuanto a su carácter progresista, no se implementan en las comunidades donde resultan más necesarias. La falta de voluntad política para hacer que se cumplan esas leyes también tiene efectos que repercuten en todo el continente. Sudáfrica se niega a integrar los derechos humanos a su política exterior. En la última década, no ha mostrado ninguna disposición a jugar un rol de liderazgo en temas de derechos sexuales en foros internacionales.
Al mismo tiempo, hay cambios institucionales que permiten albergar esperanzas. Algunas ONG e instituciones nacionales de derechos humanos (INDH) lentamente han comenzado a abordar cuestiones de orientación sexual e identidad de género. En Kenia, grupos de derechos humanos que trabajan en forma independiente así como integrantes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos Keniana se han manifestado en defensa de las personas LGBT del país. También resulta promisoria la lenta integración de temas de sexualidad y derechos sexuales en la formación jurídica que se observa en algunos países, como Uganda.
La cooperación intra-regional entre grupos LGBT ha comenzado a funcionar bien, tras algunos tropiezos en su inicio. Ahora l*s activistas tienen foros en los que pueden compartir experiencias de relevancia directa para ell*s y la experticia sobre el terreno que nadie más puede aportarles. Esas oportunidades son invaluables. También lo es el trabajo de las coaliciones que han hecho cabildeo y creado conciencia en la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, un espacio que les otorga visibilidad en un marco de relativa protección y les ayuda a forjar alianzas con grupos no LGBT que trabajan en derechos humanos en todo el continente.
¿Qué están haciendo los movimientos?
En Nigeria, l*s activistas LGBT tuvieron 48 horas para prepararse para una audiencia legislativa sobre el proyecto represivo de 2007 y aun así lograron convocar a sus aliad*s principales y correr hacia Abuja, la capital, para hacer cabildeo en defensa de sus libertades. Su aparición inesperada – y el apoyo que recibieron del sector de derechos humanos y de algunas figuras religiosas – contribuyó a detener el avance del proyecto en la Asamblea, donde finalmente quedó paralizado.
Las victorias son posibles. La determinación de grupos LGBT dispersos en Nigeria, que se propusieron “presionar a otras ONG para que incorporaran las cuestiones LGBT en su trabajo”, rindió frutos. La creación de coaliciones hizo que les resultara más fácil hacer frente a las amenazas y adoptar posturas políticas y públicas.
Las redes LGBT de Uganda también han elegido la visibilidad pública y la protesta política. Pero los riesgos son reales. A mediados de 2008, la policía arrestó y torturó a tres activistas que habían organizado una demostración.
En otros países, los grupos están optando por un perfil más bajo, en el plano local, que les permitan interactuar con actores poderosos, como por ejemplo:
- Crear redes de profesionales de la salud solidari*s.
- Identificar líderes religiosos solidarios y cultivar una relación con ellos. En países como Botsuana, las denominaciones liberales han apoyado y defendido a activistas LGBT.
- Los grupos necesitan abogad*s que puedan documentar los arrestos y defender a las víctimas – y dinero para pagarles. Esto implica no sólo identificar profesionales solidari*s sino también garantizar su formación en cuanto a los precedentes nacionales e internacionales relevantes.
- Un* activista nigerian* dice: “Si nos financiaran una oportunidad de dialogar con la policía, esa sería una de las mejores opciones para hacer frente a la homofobia”. En Camerún, una organización tiene un plan a largo plazo para capacitar a la policía y a las autoridades locales en derechos humanos para que disminuyan los arrestos, lo que a su vez generará una apertura para el trabajo público contra el VIH en comunidades vulnerables y, a su debido tiempo, posibilidades políticas de hacer cabildeo por la despenalización de la conducta homosexual.
- Desde Camerún hasta Zambia, los medios ha promovido la histeria pública en torno a la homosexualidad. En Nigeria y en otros países se están realizando capacitaciones para periodistas y director*s de medios sobre temas de derechos humanos, homosexualidad, confidencialidad y respeto.
La mayoría de los grupos mencionan la necesidad de construir comunidades e identidades, y de ir más allá de los círculos urbanos en los que ahora están confinados. Un* activista de Kenia escribe. “Las personas LGBTI que viven en las zonas rurales se enfrentan a la exclusión y han sido dejadas de lado... Hay una necesidad básica: una línea telefónica gratuita para garantizar que inclusive quienes viven en las zonas rurales puedan tener acceso a servicios de consejería”.
Pero los argumentos que van más allá de la identidad también son necesarios. Buena parte del activismo LGBT en África ha utilizado el paradigma de los derechos de las minorías, tal vez porque se trata de un marco de referencia que tiene una larga historia en el continente. Sin embargo, algunas de las alianzas más eficaces y recientes entre grupos LGBT y movimientos “tradicionales” se han basado no en sus reivindicaciones como minorías sino en cuestiones urgentes que permiten encontrar un terreno común: la libertad de expresión o la movilización contra la tortura y el hostigamiento a l*s defensor*s de los derechos humanos.
La “homofobia” puede resultar un marco de referencia limitante. Día tras día a las personas se les castiga tanto por negarse a obedecer las normas de “masculinidad” y “feminidad” como por las conductas sexuales de las que son sospechosas. “Las expectativas sociales en cuanto al sexo y al género constituyen barreras enormes en Sudáfrica”, dice un grupo intersex de ese país. Encontrar un terreno común con los movimientos por los derechos de las mujeres y con otros movimientos que trabajan en cuestiones de género en el continente resultará fundamental.
Al mismo tiempo, los recursos constituyen un desafío permanente. El financiamiento indiscriminado ha dividido y destruido a algunos grupos en estos últimos años. Sin embargo, en medio de una crisis económica grave, un* activista de Zimbabue nos dijo que “las prioridades de l*s miembr*s de nuestro grupo han cambiado; ya no luchan por sus derechos sexuales sino por conseguir su próxima comida, y eso nos obliga a enfocarnos en los servicios que prestamos”.
[3]Minister of Home Affairs and Others v Furie and Bonthuys and Others, Constitutional Court of South Africa, CCT 10/5
[4] “Letter to Nigerian President Obasanjo Regarding Bill to Criminalize Gay Rights” en http://www.hrw.org/en/news/2006/03/22/letter-nigerian-president-obasanjo-regarding-bill-criminalize-gay-rights.
[5] N.T. En Sudáfrica, la palabra township por lo general designa las zonas de habitación urbana, por lo general sub-desarrolladas, que bajo el régimen del Apartheid estaban reservadas para la población no blanca (sobre todo African*s negr*s, personas de color y también migrantes sin recursos provenientes de India). Las township se construyeron en la periferia de las ciudades. SOWETO es un ejemplo muy conocido.
[6] Human Rights Watch, This Alien Legacy: The Origins of “Sodomy” Laws in British Colonialism, Diciembre 2009, http://www.hrw.org/sites/default/files/reports/lgbt1208_web.pdf
[7] Zackie Achmat, citado en Human Rights Watch e International Gay and Lesbian Human Rights Commission, More than a Name: State-Sponsored Homophobia and its Consequences in Southern Africa, 2001, p. 46-47.
[8] “New bill on homosexuality to be presented to parliament,” Uganda People News, 6 de Matzo de 2003, en http://www.ugpulse.com/articles/daily/news.asp?about=New%20bill%20on%20homosexuality%20to%20be%20presented%20to%20parliament%20&ID=8626 (consultado el 30 de Aril de 2009).
[9] Ver Human Rights Watch, “Letter to Congressional Caucus about US support for Ugandan homophobia,” 10 de Octubre de 2007, en http://www.hrw.org/en/news/2007/10/10/letter-congressional-caucus-about-us-support-ugandan-homophobia.






