16 de Mayo de 2012

El caso de Patricia M.

Cuando llegó por primera vez a Estados Unidos desde México, hace aproximadamente seis años, Patricia M. era una joven de 21 años. Como la mayoría de los inmigrantes que trabajan en el sector de la agricultura de Estados Unidos, Patricia no tenía una visa de trabajo pero pudo obtener un empleo de todos modos. Hace cerca de cuatro años, consiguió trabajo en la cosecha de la almendra. El mayordomo[1] recogía a los trabajadores y, al final del día, los llevaba hasta una gasolinera cercana. Patricia afirmó que le ofreció varias veces alimentos y bebidas, lo cual “[le] molestaba bastante”, ya que creía que estos ofrecimientos no eran desinteresados. El hombre insinuó que podía ayudarla y le dijo: “Escúchame, yo soy el mayordomo, y tu tendrás un trabajo”.

Al tercer día, dejó a todos los trabajadores en la gasolinera, excepto a ella, y les dijo que iría a buscar un dispensador de agua, pero en cambio llevó a Patricia hasta un campo alejado.

“A partir de ese momento, no dijo más nada, sólo me miraba insistentemente. Yo llevaba un sombrero y un pañuelo [que me cubría el rostro], y él dijo, ‘¿Qué tienes allí? ¿Un animal?’. Y supe que quería hacerme algo”.

Patricia describió a este hombre como “obeso y muy grande”. Contó que se subió encima de ella y usó el pañuelo para sujetarle las manos a la manija ubicada arriba de la puerta de la camioneta. Luego, según relató, “Me quitó la ropa y me violó... Me hizo mucho daño”.

Patricia no contó a nadie lo sucedido. Dijo al respecto: “Me sentí muy triste y sola”. No tenía familia en Estados Unidos, ni quiso contarles a sus familiares en México lo que había pasado.

Tras la violación, Patricia siguió trabajando en esa misma granja. No podía dejar el trabajo ya que no había otros empleos durante el invierno. Los abusos continuaron. “Siguió violándome y yo lo permití porque no quería que me golpeara, no quería sentir dolor”. Finalmente, Patricia descubrió que estaba embarazada. Se enteró de que podría solicitar prestaciones por discapacidad y acudió a una oficina del servicio social, donde los empleados le preguntaron si tenía pareja. Ante esa pregunta, les contó todo lo sucedido y en esta agencia la ayudaron a presentar una denuncia policial.

Patricia reconoce que la ayuda que recibió de esta oficina fue indispensable. Aún no le ha contado a su familia en México lo que le ocurrió. Si bien se atrevió a contarle a su madre que estaba embarazada, no le habló sobre la violación ya que no desea “que se sienta mal”. Sabe que, sin la asistencia de los asesores de esa oficina, nunca habría presentado la denuncia ante la policía: “Tenía miedo de ir a la cárcel, tenía miedo de que me enviaran a México por ser ilegal”.

Patricia afirma que el mayordomo nunca fue juzgado ni condenado por el delito. En vez de ello, tras arrestarlo la policía aparentemente se puso en contacto con autoridades de inmigración, ya que fue deportado poco tiempo después. Lamentablemente, esto no significa que esté totalmente fuera de la vida de Patricia. La familia del mayordomo le ha contado que tiene previsto regresar a Estados Unidos para ver a la niña. La violación sufrida continúa afectando otros aspectos de su vida. Patricia ahora está casada, y su hija es “tan preciosa”, pese a los dolorosos recuerdos sobre cómo fue concebida. Sin embargo, afirma: “A veces recuerdo lo que pasó y no puedo mantener relaciones con mi esposo”. También se preocupa porque, según dice: “No sé qué le diré a mi hija cuando crezca”[2].

[1] Hemos utilizado la palabra ‘mayordomo’ en este informe puesto que es el término utilizado por la mayoría de los trabajadores agrícolas que hablan español en Estados Unidos.

[2] Entrevista de Human Rights Watch con Patricia M. (seudónimo), California, junio de 2011.